Rimas de Alfieri

[Rime]. Las rimas de Vittorio Alfieri (1749-1803) se dividen en dos partes, publicadas la primera por el autor en 1789, y la segunda, después de su muerte, en 1804; comprenden, entre sonetos, canciones, epigramas, estancias y «capítu­los» en tercetos, trescientas cincuenta y una composiciones, escritas de 1776 a 1799, año al que pertenece la «Teleutodia» (último canto), una especie de canción pindárica con que el poeta, de cincuenta años, pero ya cansado y harto de la vida, se despide de la poesía.

Aparte algún epigrama, ori­ginal por su estilo voluntariamente extraño, y apto para la sátira y la formulación de principios, y ciertos vigorosos pasajes del «capítulo» dedicado al poeta francés André Chénier, las Rimas alfierianas interesan sobre todo por sus sonetos, cuyo número es, por lo demás, muy superior al resto de las composiciones. Cierto que entre los so­netos, como entre las demás piezas, los hay que no tienen otro carácter que el de ejer­cicios o caprichos; pero en general, el soneto fue otra cosa para Alfieri: un medio para conocer mejor’-y al mismo tiempo poseerse mejor a sí mismo, el confidente a quien el gran taciturno gustaba de confiar sus pensamientos, sus impresiones y sueños. An­tes que poesías son, pues, estos sonetos las páginas de un diario que acompañó a Al­fieri durante toda su vida; y su valor sube de punto cuando su fervor trágico se va agotando y encuentra en la meditación y composición de un soneto su consuelo pre­ferido.

De este modo nació la doble reco­pilación, única en su época, como es única la personalidad del poeta del Saúl (v.), con su poderosa individualidad y el sentimiento dominante del propio yo; así, su interés no radica solamente en la altura poética de muchos sonetos,, sino primordialmente en el hecho de tratarse del diario de un poeta y de tal poeta. Muchos de los sonetos de la primera parte están dedicados al amor por la condesa Albany, y entre ellos los hay de los menos originales de Alfieri, que a menudo recurre a los tópicos de la poe­sía amorosa; pero cuando el poeta, en lugar de hacer el elogio de su dama, habla de su desesperación por el obligado alejamien­to de ella y su sentimiento de desolación; cuando, separado de la amada, encuentra en sí mismo el sentido de la nulidad de la vida, estalla en acentos inolvidables, expre­sión de una sensibilidad nueva que pode­mos llamar ya romántica. La misma imi­tación de Petrarca se convierte entonces en estímulo para profundizar un estado de ánimo, una fantasía; los temas y motivos petrarquescos resucitan animados por un espíritu nuevo, por una nueva experiencia, transformados, en general, de patéticos en trágicos, como la complacencia de la sole­dad en el soneto «Tácito orror di solitaria selva» [«Callado horror de selva solitaria»], o el gusto por el sueño engañoso en otro: «Solo, fra’ mesti miei pensier in riva» [«So­lo, entre mis tristes pensamientos en la orilla»], y la Naturaleza se perfila con as­pectos salvajes, conformes con el espíritu del poeta, que quisiera verla completamen­te marcada por su dolor («Che? Non é tutta la natura in pianto?» [«¿Cómo? ¿No está toda la Naturaleza llorando?»]).

Pero al­gunas veces el discurso de Alfieri se tran­quiliza, y el poeta consigue hacer del so­neto el espejo del propio pensamiento, en­cerrar en los catorce versos un juicio sobre sí mismo y sobre el mundo; así nace el soneto-retrato («Sublime specchio di veraci detti») y aquel .sobre las contradicciones de la vida humana («Sperar, temere, rimembrar, dolersi»), los sonetos en los que se fija su ideal moral y se explican las razo­nes de su destierro voluntario («Chi’l crederia pur mai, che un uom non vile» y «Uom cui nel petto irresistibil ferve»), y aquellos que suenan como una condena contra la patria envilecida, los sonetos de­dicadas a los grandes del pasado, en los que el poeta se halla a sí mismo: Dante («il gran padre Alighieri»), Petrarca, Miguel Án­gel.

Este estilo más tranquilo predomina en la segunda colección, que comprende los sonetos compuestos de 1789 a 1799; si aquí ya no se encuentran los acentos dramá­ticos e intensamente poéticos que se ad­miran en algún soneto de la primera parte, se hacen más raras las desigualdades y as­perezas, y en general domina el tono re­flexivo, alejado del ímpetu lírico pero sin carecer de cálida emoción. Siempre presente en estos sonetos y más explícito en algunos otros («Pieno il non empio core e l’intelletto», «lo giureró morendo única norma», «Chiuso in se stesso e non mai solo il saggio», «Giá il feretro, e la lapide e la Vita») está el pensamiento de la muerte, que el poeta siente próxima, pero ya no insta con el deseo ni invoca como en los sonetos más dramáticos de la prira parte; en aquel pensamiento se calman su tristeza y su fu­ror, y puede mirarse a sí mismo, terminada la tarea, con una calma y una cordura nue­vas. Sin ser ya un fantasma pavoroso y fascinador, la muerte está ante él como la gran distribuidora de la justicia; presenti­mos a Foscolo y su solemne sentencia de los Sepulcros (v.): «Ai generosi / Giusta di gloria dispensiera é morte» [«Para los generosos / La muerte es justa dispensadora de gloria»].

M. Fubini

Alfieri hace la guerra a la cantinela, a los períodos, a las frases, a las dulzuras arcádicas; nuestra literatura del «Risorgimento» tiene como padre a Alfieri, como la antigua tuvo a Dante. (De Sanctis)

… hay que leer también sus rimas varias, que me alegra ver que ahora se van publi­cando con cierto honor, en las que el amor, el dolor, el cansancio de las cosas, la vuel­ta meditativa e indagadora sobre sí mismo, la espera de la muerte y el suspirar por la gloria toman cuerpo en sonetos vigorosos. (B. Croce)