Prometeo y Epimeteo, Carl Spitteler

Una interpretación moderna del mito nos fue dada por el autor suizo en lengua alemana Carl Spitteler (1845-1924) en el poema en prosa Prometeo y Epimeteo [Pro­metheus und Epimetheus], publicado en 1881. El mito helénico está completamente refun­dido y aumentado con elementos bíblicos, gnósticos y cristianos.

En la figura de Pro­meteo no se encarna tanto, como de costum­bre, el titanismo romántico que había ani­mado la evocación goethiana, como la fideli­dad al alma propia, al propio «démon». Epi­meteo tiene un relieve igual al de su herma­no, y es proclamado rey del mundo por el ángel de Dios, precisamente porque renuncia a su alma y se confía únicamente a su con­ciencia («Gewissen»), pero en ello se insiste más en su aspecto intelectual que en el mo­ral. Porque le falta el conocimiento más pro­fundo que procede directamente del alma, le ocurre a Epimeteo el cometer dos erro­res fatales: cuando Pandora, hija del señor del Universo, quiere elevar el destino hu­mano con un don milagroso, éste no es agradecido, sino despreciado, hasta el punto de caer en manos de un mercader judío.

Cuando después Behemot, personificación del Maligno sacada del libro de Job, envuel­ve con la astucia al débil rey del mundo, éste no consigue reconocer en él al Enemigo, y así dos de los tres hijos del ángel divino, herederos directos de su poder, esto es, Mito y Gerión (ténganse presentes estos nom­bres), se pierden, y también el último Mesías correría la suerte de ellos si no inter­viniese para salvarlo Prometeo, despreciado y puesto a prueba hasta entonces por las desventuras. Ha permanecido fiel a su propia alma, rehúsa después la corona que el ángel querría darle por agradecimiento, pero cumple un último acto de amor; va a buscar en lo profundo de la abyección a su hermano caído, lo redime y lo llama a su lado.

Esta breve trama, aun dejando apar­te algunos personajes de segundo plano, pero no despreciables, como el león y el perro, junto a Prometeo, y las figuras clara­mente alusivas de Sofía y Doxa, junto a Epimeteo — en las cuales la derivación gnóstica es claramente reconocible—, mues­tra lo complicado que es este mundo mítico, en el que tantos elementos heterogéneos han venido a confluir. Tal vez a primera vista el poema, considerado sólo en sus líneas exteriores, puede parecer una evo­cación erudita, compuesta con frialdad se­gún un modelo neoclásico; pero la forma en que se aviva y la íntima llama que lo penetra anulan lo que de abstracto o arti­ficioso puede haber habido, en su origen, en los planes de esta concepción. No siem­pre el significado de los acontecimientos, en lo intrincado de las alusiones, resulta claro, pero la evidencia poética — como ad­virtió en seguida G. Keller — es tal que convence en todo momento y satisface el sentido crítico.

En conjunto, el poema es una poderosa afirmación de los derechos de la personalidad humana, y no por pura coincidencia fue escrito por los mismos años en que Friedrich Nietzsche concebía Así hablaba Zarathustra (v.). En el nuevo mito de Prometeo y Epimeteo, Spitteler supo así transfigurar su tragedia, que es, en reali­dad, la de su tiempo; y a las figuras de los dos hermanos en lucha, símbolo de los principios que rigen el alma humana, volvió todavía, ejemplo casi único en la historia literaria moderna, al cabo de más de cua­renta años, después de toda una vida de experiencias humanas y artísticas, desarro­llando de nuevo y sobre la misma urdim­bre la antigua trama, esta vez en versos rígidamente rimados en un nuevo poema (v. a continuación), cuya arquitectura re­sulta más completa y armoniosa, y su des­arrollo más lineal, así como su ritmo interior más sosegado y dominado, pero en el cual fatalmente se ha perdido la llama, la ri­queza de motivos, que había conferido, y confiere todavía, su esplendor a la obra juvenil.

R. Paoli