Primeros Cantos, Antonio Gonçalves Dias

[Primeiros cantos]. Colección de versos del brasileño Antonio Gonçalves Dias (1823-1864), publicada en 1846 y seguida inmediatamente de otra co­lección titulada Segundos cantos. Es la poe­sía de la nostalgia y del destierro, su tema favorito.

Mestizo, más indio que blanco, Gonçalves fue uno de los poetas brasileños más célebres por su capacidad descriptiva, por la mórbida exuberancia de su senti­miento. De sus octosílabos populares y siem­pre románticamente musicales, brota el en­canto de su tierra, cantada y exaltada en todos sus aspectos. Es el primero y mayor representante de la escuela romántica brasi­leña, ya libre de la imitación pedante de los clásicos portugueses, y está profunda­mente penetrado de «indianismo», que es el segundo movimiento original de la litera­tura brasileña. Estos Cantos son la expre­sión de una naturaleza pánica que se siente en íntimo contacto con las cosas. La exu­berancia de su vena, la viveza de sus colo­res, están contenidas por sabias líneas armó­nicas, de un estilo límpido. Tiene todos los valores y todos los defectos del Romanti­cismo.

Sus mejores composiciones, «Canción del destierro» [«Canção de exilio»] y «Nos­talgia» [«Saudade»], nos da no sólo los límites de su poesía sino que encierran los de su misma vida; murió en un naufragio, al volver a su patria, a la vista de las cos­tas brasileñas. Es el fácil, común a todos los primitivos, elogio de las fuentes de las propias emociones, dado con admirable sen­cillez y rapidez de imágenes, con musical fidelidad a su propio y efímero dolor; pero de su musa surgen también otros temas con extraordinario vigor de visión; y entonces un nuevo sentido lo llena: el ansia de lo eterno, el contacto milagroso con lo divino. Su «saudade» de terrenal se vuelve cósmica: «Amo al cielo azul y al triste silencio de las ruinas,/la frescura de la tarde y el silencio de la noche./Quiero permanecer a solas con mi Dios/en una hora de mágico encanto».

La «Sehnsucht» de Novalis y el ímpetu de Hölderlin, que fueron muy pronto incorpo­rados al portugués precisamente por brasi­leños, ejercieron también su influencia en Gonçalves en estos versos entresacados de su breve poema «Tristeza», incluido en la colección. El estribillo del «Canto del des­tierro» queda como símbolo del exaspe­rado y casi morboso lirismo nostálgico de los poetas tropicales: «Minha térra tem’palmeiras/onde canta o sabiá./Nosso céu tem mais estrelas/Nossas várzeas tem mais flores/nossos bosques tem mais vida/nossa vida mais amores» («Mi tierra tiene palmeras/ donde canta el sabiá [melodioso pájaro bra­sileño]./Nuestro cielo más estrellas,/nuestros jardines más flores,/nuestros bosques dan más vida,/nuestra vida más amores»).

Quien conozca el ardor, el delirio creador de la flora brasileña y la estática naturaleza psi­cológica de sus habitantes ante las luju­riantes manifestaciones de aquélla, intuye el alcance y el valor de las evocaciones de Gonçalves, cuya poesía alcanza, de todos modos, altos efectos por la inconfundible ansia de catarsis estética dé tantos elemen­tos demasiado fácilmente entresacados de la sola realidad física que lo rodeaba; su poe­sía es la lírica ión, poderosa­mente conseguida, de un dato orgánico, de un aspecto bien delimitado. «Não permita Deus que eu morra/sem que eu volte para lá» [«No permita Dios que muera/sin que yo vuelva hacia allá»]. Vidas románticas, cifradas por un destino que las une fatal­mente al canto de su musa.

U. Gallo