Poesías Viejas y Nuevas, Aristomenes Provelenguios

Co­lección lírica del neogriego Aristomenes Provelenguios (1850 – 1939) publicada en Atenas en 1896. Provelenguios, como Viziinós, señala una fase de transición entre la escuela romántica ateniense y el verbo de la generación posterior.

Esta contraposi­ción de viejo y nuevo se manifiesta ya en el título de la colección y, formalmente, en el contraste de las dos lenguas, la «catarévusa» y la vulgar, que son en ellas emplea­das sucesivamente. El poeta se había convertido al nuevo evangelio literario en torno a 1890, aun quedando en el conjunto fiel al mundo de su inspiración. Entre las más antiguas del volumen están las poesías tituladas «Recuerdos de alemania». Típica de ellas es la «Nostalgia», en que el poeta, entre los montes del Tirol, vuelve su pen­samiento hacia la patria lejana.

Pero la fría lengua de los puristas, a pesar de ser hábilmente manejada, enfría el ímpetu de la inspiración poética. Provelenguios, que había hecho sus estudios en alemania en torno a Í880 y que dio pruebas de ello como traductor de Goethe (Fausto, v.) y de Les­sing (v. Laocoonte) no fue insensible al in­flujo de la lírica germánica, que concordaba, por lo demás, con su temperamento medi­tativo.

Su poesía revela la fe en los valores morales y religiosos, en la ciencia libera­dora, en la fatigosa ascensión de la huma­nidad. «El primer hombre» es una alocución al lejano progenitor a quien ningún paraíso abrió sus fáciles dones, ni ningún dios hizo esclavo con sus mandatos. «Ciencia» es una exaltación de la ciencia que percibe a Dios en las reconditeces de la naturaleza y se entroniza como divinidad amiga del hom­bre. «La vida» exalta el gran misterio de la materia viva, fuente primordial que con­serva el impulso originario de la Creación. Provelenguios parece a veces oscilar entre el pensamiento libre y un misticismo casi religioso.

De los temas que él prefiere da idea una simple lista de títulos: «A un aerolito», «Filosofía del dolor», «La última pareja», «Ecos de juventud», «Esfinge y Pegaso», «La nebulosa», «El cometa», «Las estrellas». Se entrega a veces a una noble vena de melancolía, pero sin llegar hasta el pesimismo filosófico. Entre las poesías más populares recordemos «El organillo» y «La ciudad sumergida». En la primera el poeta se conmueve a la voz del organillo; sus canciones son vulgares y comunes, pero por encima del eco de su música vuelan al corazón los recuerdos del pasado, de la juventud lejana; en la otra, la magia del verso evoca una misteriosa ciudad sumer­gida en las aguas del mar, intacta, con sus torres y palacios.

El navegante, cuando hay bonanza, oye salir del abismo una celeste música de campanas. El estilo del poeta, educado en la dura disciplina de la «catarévusa», ofrece tonos de sabia elegancia y de claridad cristalina.

B. Lavagnini