Poesías, Peire d’Alvernha

De este trovador de Auvergne (cuya actividad ha­llamos documentada entre 1158 y 1170, pero pudo haber durado también hasta el final del siglo, y de quien sabemos que vivió en España, en Languedoc y en Provenza) los cancioneros nos han conservado cerca de veinte poesías, muy diversas en conte­nido y tono (tres canciones de amor, un canto de cruzada, tres canciones religiosas, un manifiesto literario, una sátira literaria, etcétera).

De éstas una — la del ruiseñor, mensajero de amor [«Rossinhol en son re- paire»] — fue vastamente conocida en la Edad Media; y otra — «Dejostals breus jorns els longs sers» — frecuentemente copiada en los cancioneros, quedó largo tiempo en la tradición trovadoresca como tipo de la «can­ción cortés». En realidad Peire d’Alvernha ocupa un lugar preeminente entre los trovadores del primer período. Él mismo se presenta como «maestro de todos» y as fue considerado por muchos y por mucho tiempo; nos lo demuestra el hecho de que los más antiguos cancioneros ordenados por autores se abren precisamente con poesías de este escritor y sabemos que en los antiguos cancioneros — en cuya ordenación ha entrado un criterio artístico —, lo mismo provenzales que italianos, el primer puesto es puesto de honor.

En muchos aspectos Peire se enlaza con la tradición que arranca de Marcabrú (v. Poesías de Marcdbrú) en parte por lo que respecta a los temas poé­ticos (también Peire moraliza a veces), pero más por lo que se refiere a la forma. Tam­bién la poesía de Peire — como la de Mar­cabrú — es un «trobar clus», un poetizar hermético, sutil, difícil; y el propio poeta lo declara: «La estación me invita a un nuevo vers clus», es el exordio de una de sus poesías; y en otra abiertamente declara: «Me place cantar en coplas apretadas y cerradas». Pero también, en otra, parece reconocer que la oscuridad no es un mérito sino un defecto de su poesía; y es donde afirma que él sería un maestro de todos, sólo si aclarase un poco sus palabras que apenas se entienden.

Lo cual puede hacer­nos pensar que el poeta, en cierto momen­to, buscó nuevos caminos, abandonando las complicaciones del «trovar cerrado», y hasta condenándolo explícitamente. De todas ma­neras, Peire d’Alvernha es un artista refi­nado que tiene un brillante estilo propio, aunque tenso y a veces forzado, y un sen­tido vigilante y casi exasperado de la for­ma. En aquella poesía suya que hemos de­finido como manifiesto literario, él procla­ma, justamente, que para crear un «vers» perfecto es menester buscar el «dir avinen», la expresión elegante que se realiza en la forma poética noble y sostenida. Pero esta elegancia de la expresión del poeta no nace tanto de la belleza y de la gran­deza de la imagen como de la elección meticulosamente cuidadosa de la palabra, de la amplitud del período, de la armonía del verso y de la estrofa.

Es notable, sobre todo, su sabiduría en la versificación refi­nada y rebuscadísima. Precisamente por esta consciente rebusca de la expresión artística, Peire, que es uno de los más anti­guos trovadores (hasta Dante, en su Vulgar elocuencia, v., al hablar de los «vulgares eloquentes» que «primitus» poetizaron en lengua d’oc, recuerda entre los «antiquiores doctores», esto es poetas aúlicos, a Pei­re d’Alvernha), cuenta entre los iniciadores y maestros de la nueva tradición literaria europea, que tiene sus orígenes precisa­mente en el movimiento trovadoresco. Lo observó ya Fauriel, cuando escribió «si se quiere reconocer cuáles son en las litera­turas modernas de Europa los más antiguos ejemplos de una «dicción artística», de una dicción que aspira a un efecto suyo pro­pio, distinto del sentimiento y de la idea que expresa, estos ejemplos se han de bus­car en la poesía de Peire d’Alvernha».

A. Viscardi