Poesías, Ramón Pérez de Ayala

La obra poética del escritor español Ramón Pérez de Ayala (1880-1962) compréndelos libros siguientes: La paz del sendero (1903), El sendero innumerable (1916) y El sendero andante (1921).

Algunas de las novelas y narraciones del autor, como Bajo el signo de Artemisa, La pata de la raposa, Troteras y danzaderas, Prometeo, Luz de Domingo, La caída de los limones, El curandero de su honra y El ombligo del mundo, contie­nen poesías que han sido incluidas en la edición de las Poesías completas publicadas en Buenos Aires en 1942. Esta edición se abre con un prólogo del autor, «Alegato pro domo mea», en el que se extiende so­bre la condición del poeta, el fenómeno de la poesía, que él entiende como fruto de la inspiración a la que a su vez atribuye un origen divino. A continuación explica el funcionalismo de los libros: La paz del sendero — nos dice — es el poema de la adolescencia, mientras que El sendero in­numerable es el de la juventud.

Asimismo ambos libros contienen poemas que corres­ponden, en una tetralogía que concibió el autor, a los referentes a la Tierra y al Mar, mientras que El sendero andante es el en­lace, es el poema del río, que une el mar a la tierra. Los otros dos referentes al Aire y al Fuego, no han aparecido todavía. El primer libro, La paz del sendero, se carac­teriza por ciertas influencias modernistas, resabios de Jammes y gusto por un cierto neoprimitivismo. Se abre con una imita­ción de Berceo: el encuentro de la paz del sendero es semejante al «acaecimiento» de Berceo en un prado: «No hubo en lugar de la tierra la paz que allí reinaba./Parecía que Dios en el campo moraba,/y los sones del pájaro que en lo verde cantaba/morían con la esquila que a lo lejos temblaba».

El poeta va elogiando, en los poemas si­guientes la casa, con todo lo que significa como hogar de paz espiritual, en metro ale­jandrino que a veces no armoniza demasia­do su tono rimbombante con el tema y el acento doméstico (así en «Almas paralíti­cas»). De este libro debemos destacar ade­más «Salmos», comentario al salmo «Quaemadmodum desiderat cervus ad fontes aquarum» («¿Visteis bramar, sediento, un ciervo por las fuentes?») y «El poema de tu voz» («Mi vida fue una llanura/árida y amari­llenta»). El sendero andumte, libro del río, se abre con el lema de Pascal: «El río es camino que anda».

Este río es todo él el símbolo de la vida: «He ahí la vida: ese río. Y esos versos :/ondas, remansos, es­pumas, modos, momentos…/Ese río, agua de antaño, ya pasada;/y en el mismo cauce otra agua…», «¡Cómo fluye y corre y canta el ríol/Y él piensa que se mueve a su arbi­trio…/Ahora es como una lanza, firme y derecho…/Ahora se dobla como hoja de acero»; tan pronto es entusiasmo como la­mento; tan pronto se desborda al igual que la prosa, como se encauza de la misma manera que el verso; pero «beben de él hombres y bestias». La visión del paisaje se concreta en dos poemas: «Los bueyes. Momento colectivo», en que capta lo trá­gico de estas bestias, y «Castilla», que se acerca por su tono y por su contenido a «Campos de Castilla»: «Cruzan por tierra de campos, desde Zamora a Palencia/que llaman Tierra de Campos lo que son cam­pos de tierra».

También en esta tierra se levanta el hombre, el buhonero, con su miseria y su tragedia. Un carácter más metafórico, más cercano a la sensibilidad del modernismo, encontramos en «El cisne ne­gro». El momento carnal y sombrío: «Sobre el estanque calmo, que repite,/la transpa­rencia añil del firmamento,/ como un dolor altivo, flota inmóvil/el cisne negro». Es necesario mencionar también las epístolas «A Azorín» (así nos describe al maestro: «Con el claro y rotundo monóculo en un ojo,/en la mano el arcaico paraguas, color rojo,/luego la tabaquera, esculpida, de pla­ta,/y, allá en lo íntimo, sorda misantropía innata») y «Danza universal», también agrupable dentro de los poemas de tono modernista: «Mujer de risa dilatada/y fabulosa – sol y sal—;/mujer, dúctil, como una es­pada;/mujer, ágil como un puñal,/que dan­zas, ninfa actualizada/en un music-hall o un kursaal».

Cierran el libro poemas, retra­tos, dedicatorias, etc. En El sendero innu­merable se agrupan un conjunto de poemas de carácter coral (en uno el mar es propues­to como ejemplo- del poeta). Estos poemas desarrollan extraordinariamente la tenden­cia alegórica del poeta, a base de personifi­caciones, diálogos, etc. Es interesante la imi­tación de Walt Whitman en el poema «La última novia»: «Yo elevo mi canto en honor de mí mismo…/Estoy lleno de goce de mí mismo, de la fuerza soterrada dentro de mí mismo; de la maravillosa coordinación de mí mismo con la energía universal». Los poemas procedentes de las novelas, reinci­den en los mismos temas.

Sólo conviene destacar «Rapsodia a manera de prólogo de cómo el moderno Odysseus encontró a la moderna Nausikaá». La poesía de Pérez de Ayala tiene empuje, adquiere a veces una fuerza violenta y una forma de expresión extraordinarias, pero a la vez adolece de cierta tendencia al prosaísmo y a la mora­leja fácil y pesan sobre ella excesivos re­cuerdos literarios.

Ayala poeta viene a significar un punto medio entre la lírica de ideas de Unamuno y el castellanismo de paisaje seco, de dolo­res, de pesimismo de Antonio Machado. (Valbuena Prat)