Diversa y singularmente interesante, a pesar de su evidente modestia y escasa originalidad, es la producción poética de Paulo Diácono, monje benedictino de noble familia lombarda que vivió en el siglo VIII, en contacto con Carlomagno, en el centro del renacimiento político y literario de su tiempo.
Son en su mayoría versos de ocasión, dictados en gran parte por los ocios serenos y festivos, pero convencionales y serviles, de una multiforme vida de corte. A este género más exquisitamente áulico pertenece (después de dos cantos compuestos en alabanza de los duques lombardos Arichis y Adelperga) su correspondencia poética con Pedro de Pisa, el gramático que le enviaba sus poesías en nombre o por sugerencia de Carlomagno. Saludado con hiperbólica y frívola alabanza como «el más sabio de los poetas y de los vates», «Homero por lo griego, Virgilio por lo latino, Filón por lo hebreo, Tertulio en las artes, Flaco en la poesía, Tibulo en la elocución», Paulo responde con una argucia que es al mismo tiempo humildad y repugnancia, manifestación de dignidad y libertad profunda y severa conciencia de sus propias limitaciones en una atmósfera tan viciada; todas aquellas alabanzas no son para él más que «ironía», «irrisión» y «chanza».
Frío y oscuro para nosotros y sólo índice de la moda artificiosa de su época, particularmente en aquella corte de Francia, es el intercambio festivo – de enigmas y metáforas lo principal de la correspondencia entre los dos literatos, no muy lejano preludio de los debates trovadorescos. Su natural gentileza, su delicada sensibilidad, su referencia a las cosas pequeñas, unido a la posesión segura de una nada común exquisitez de lenguaje y de estilo, hicieron de Paulo un poeta de epitafios verdaderamente excepcional. Cantó la desaparición de ilustres reyes, de numerosos príncipes, de duques, lombardos, francos, itálicos, el duelo universal, el desgajarse prematuro de jóvenes existencias, la desolada y sombría tortura de una viuda, el llanto silencioso de un corazón viril, las fuertes lágrimas de los guerreros «que caen entre los escudos y las armas».
Dulcísimo como el que más y líricamente perfecto es el epicedio a su sobrina Sofía, de afectuosa naturaleza en medio de la trémula emoción de las comparaciones finales. Es precisamente su poesía personal, la menos abundante, la que mejor nos descubre el alma de Paulo, la más rica en arte en su desnuda sinceridad de expresión. La elegía a Carlomagno para obtener la libertad de su hermano, prisionero del rey, con aquel recuerdo de una familia arruinada, revela su profunda humanidad; las poesías, por decirlo así, de la amistad cristiana, a un abad, a sus hermanos en religión, declaran la paz interior y los puros afectos del monje; el elogio del lago de Como, límpido y armonioso con sus dísticos alternados, y tan original para la Edad Media, honra al admirador extático y espiritual de las bellezas naturales, como se muestra igualmente en una epístola métrica a Carlomagno.
En confirmación de sus dotes de fino humorismo y de chispeante ironía, Paulo cultivó también, con su acostumbrada perfección formal, el género de la fábula, muy del gusto de la corte carolingia, en la que lo trataron Alcuino y Teodolfo de Orléans. Nos quedan tres composiciones en dísticos en que son actores los animales: el león enfermo y la zorra, según el célebre cuento esópico, aunque variado aquí; el ternero y la cigüeña, la garrapata y la pulga. Muy inferior a la profana es la poesía religiosa de Paulo: el monje benedictino exalta la vida y los milagros del fundador de la Orden en una elegía y en un himno que nos han sido transmitidos en su Historia de los lombardos.
Seguramente es también suyo el famoso y conocido himno en estrofas sáficas a San Juan Bautista que la tradición, casi unánimemente, le atribuye. En cuanto a las reminiscencias clásicas en este culto poeta de la Edad Media, despreciador formal de los antiguos modelos, hay que recordar especialmente a Virgilio, Ovidio, Horacio, Lu- cano, Perseo, Calpurcio, Siculo, Prudencio, Sedulio, Juvenco. Venancio Fortunato y San Eugenio de Toledo.
G. Billanovich

