Poesías, Juan Valera

Las composiciones poéticas de Juan Valera (1824-1905) com­prenden una serie de piezas compuestas en­tre 1840 y 1891, y un grupo de traducciones y adaptaciones.

Valera es poeta, ya que piensa y siente con particular vivacidad y profundidad lo que todos piensan y sienten, logrando luego expresarlo con tal vigor y nitidez, que conmueve y embarga el espí­ritu del lector. Ocurre algunas veces que su poesía roza lo sublime (como en la bellí­sima oda «El fuego divino», 1845), pero raramente se suele ocupar de «asuntos su­blimes»; prefiere observar y sentir las co­sas, en la intimidad del espíritu, justifi­cando el juicio de Menéndez Pelayo, que calificó su poesía de reflexiva, erudita, sa­bia y llena de intenciones. Sin embargo, su poesía es tanto más interesante cuanto me­nos evidentes son estas «intenciones» y cuanto más simplemente aparece expresada la concepción del arte y de la vida. Las composiciones son de diverso tipo: algunas — ricas de armonía, de sensibilidad y de gusto, en honor de mujeres soñadas, verda­deras e imaginarias — están calificadas por el propio Valera como «inocentadas de chi­quillo».

En otras piezas, también juveniles, es evidente la influencia de autores anti­guos y extranjeros, pero sentidos y revividos siempre de modo personal: tales son los cantos inspirados en Byron o Schiller, en Catulo o Lamartine, etc. También son obras juveniles dos excelentes composiciones: «La mano de la Sultana», inspirada en una vie­ja leyenda oriental, y «Las aventuras de Cide Yahyé» (1846), obra que la crítica ha exaltado, pero de la que sólo escribió la primera parte; el tema lo extrajo Valera de un episodio del Decamerón (v.) de Boccaccio, pero aquí está transformado en una versión dramática, espiritualizada y puesta en un plano de intenso lirismo, con la bús­queda angustiosa del hombre en pos de una forma de belleza purísima, ideal.

Las com­posiciones abundan en pasajes de notable inspiración, de fresca elegancia, de verda­dera poesía (como en «último adiós», 1859); a veces aflora una vena burlesca que des­concierta un poco (por ejemplo en «Arcacosúa», 1871, la diosa de las pulgas en la mitología éuscara). Pero la nota dominante es el nobilísimo canto del amor, de la sen­cillez de pensamientos, del esplendor de la naturaleza, a veces velada («Idilios», 1876), de amargura por lo prosaico de las cosas terrenas. No faltan rasgos que delatan la conocida predilección de Valera por los romances. En las «Paráfrasis y traduccio­nes» las obras extranjeras son vertidas o adaptadas al castellano, con corrección y elegancia, aunque no siempre consigue ha­cer de ellas nuevas creaciones artísticas; muchos modelos son composiciones anóni­mas latinas, griegas o indostánicas; entre los autores, aparecen Goethe, Heine, Geibel, Uhland, Fastenrath, Rusell Lowell y otros.

R. Richard