Poesías, Pamphile Lemay

Los diez volúmenes de poemas publicados por el francocanadiense Pamphile Lemay (1837-1918) cons­tituyen una importante transición en la his­toria de la literatura del Canadá. En su epopeya de las Vendimias (1875) se revela todavía muy sometido al influjo de los ro­mánticos que le habían iniciado en el ce­náculo de Octave Cremazie.

Llevado, como éste, por su inclinación a las grandes epo­peyas de la Nueva-Francia, Lemay canta las luchas entre europeos e iroqueses con resultados bastante mediocres, por carecer completamente su obra del pujante soplo que anima a las grandes composiciones épicas. Su volumen Gotitas, publicado en 1904, testimonia ya una radical evolución; estos ciento setenta y cinco sonetos, entre los cuales algunos pueden codearse con los mejores de la poesía canadiense, nos des­cubren Otro aspecto muy distinto de su au­tor. Entre ambas obras Lemay se ha dado cuenta agudamente de que la epopeya no era su fuerte, por no ir de acuerdo con su carácter.

Por otra parte, la nueva in­fluencia de los parnasianos — sobre todo de Heredia — le ha infundido una inquietud por la perfección formal. Sus estampas reli­giosas inspiradas en el Antiguo Testamen­to, todavía se revelan ciertamente poco emotivas. Lemay se aferra demasiado a los detalles exteriores del relato de las Escrituras, que traslada sin transfigurarlos. Su auténtico dominio es el de las escenas fa­miliares: descripción de trabajos rústicos, pinturas de la vida doméstica y de la natu­raleza canadiense, evocaciones del tañido de las campanas y del tintineo de las es­quilas; himnos y cánticos donde se mezclan íntimamente lo profano y lo sacro en un profundo sentimiento de la tierra y de los difuntos. Lemay no ha abandonado de he­cho, la inspiración patriótica que le dictó su epopeya de las Vendimias, pero, ahora, en lugar de abordar temas demasiado vas­tos, forja, enmarcados en sonetos y con motivo de pequeños acontecimientos, algu­nos retratos plenos de emoción («Champlain») y auténticos y breves dramas («El castillo piadoso»).

Con Gotitas el poeta había encontrado de este modo su auténtico camino por el que persistirá en «Las espi­gas» (1914), animadas por la misma noble y moral inspiración, siempre sumisa a los giros más naturales. Estas Poesías, de las que podría decirse que encierran lo esen­cial de las tradiciones familiares, naciona­les y religiosas del Canadá, infundirán un nuevo tono a una literatura que, hasta en­tonces, había permanecido quizá demasiado apegada a los grandes temas patrióticos.