Poesías, Nikolas Lenau

Gedichte]. Colec­ción de versos del poeta alemán Nikolas Lenau (pseudónimo de Nikolas Niembusch von Strehlenau, 1802-1850), publicada en volumen en 1832 y reeditada con una dedi­catoria «al poeta Gustav Schwab, amigo mío» en 1840, y en edición definitiva póstuma en 1851.

Es una poesía eminentemente nostálgica en la cual — junto con un senti­miento profundamente doloroso de la vida y del mundo — la naturaleza, el tormento de la duda religiosa, el amor, la música, predominan como temas fundamentales que se entrecruzan y a menudo se superponen. El sentido de la naturaleza, una naturaleza toda animada y dolorosamente viva, suscita en Lenau pintorescas evocaciones. Su vida errante le ofrece infinitas observaciones: ya se trate de las estepas y llanuras ilimitadas de su Hungría, donde, en la «Hostería de la Puszta» (1827), el caballo que se perfila fugaz en el horizonte se confunde con la imagen de las nubes tempestuosas, y la iluminación del cielo obliga al zíngaro a hacer una breve pausa, llena de ansiedad, en la hostería, al lado de su amada. La figura del gitano reaparece a menudo y está viva sobre todo en los «Tres gitanos» (1837).

Las lejanas Américas, hacia las cuales el poeta zarpó en busca de paisajes gigantes­cos y nuevos, pero de donde volvió decep­cionado, le inspiran las canciones: «Al Niá­gara», «Selva virgen» y «Tres indios». Pero esta naturaleza le es extraña, y él vuelve a encontrar sus mejores acentos en los Can­tos del bosque (v.). La nota pesimista que predomina en toda la poesía de Lenau y que responde a su natural amor románti­co, basado en la «voluptuosidad del sufrir», debe en parte también sus orígenes a una crisis religiosa sufrida a los dieciocho años; él mismo insinúa que perdió entonces, con la fe en Cristo, la íntima alegría del cora­zón, que jamás consiguió encontrarla en ningún amor. Este doble motivó amoroso y religioso le dictó la «Capilla en el bos­que» (1828), expresión del tormento del poeta abandonado por Berta Auer y por Dios.

Lotte Gmelin, la novia con quien nunca se casó, le inspiró los Cantos de las cañas (v.). De este período es también la balada musical «El postillón» (1832). La pasión por Sofía von Lowensthal, que duró diez años, hasta 1844, año en que aparecen los primeros síntomas de la locura de Le­nau, aumenta su pesimismo. Nunca podrá hacer suya a la mujer amada que tiene marido e hijos, y este pensamiento se le hace obsesionante: «Si fuese mía, la vida sería hermosa». Mejor fuera la muerte que «el dolor de no poderte poseer nunca». El sombrío sentido de desolada soledad que arranca el llanto al vencido héroe polaco («Fugitivo», 1834) se hace más tarde en Lenau verdadera desesperación hasta las últimas, poesías de septiembre en 1844 : «Mi­rando hacia las simas» y «La pura nada», donde la vida es definida como un «vano vagar».

Lenau no recoge ninguno de los motivos de la tardía escuela romántica suabia, serenamente intimista y política; tiene en cambio mayores puntos de contacto con los primeros románticos — especialmente con Schelling—, por su sentido de la natu­raleza, y experimenta influencias lejanas, más allá de Goethe, incluso de Eichendorff y, en algunos aspectos, de Byron. Pero su inspiración es algo nuevo y personal: lleva a la poesía no sólo aquel «dolor del mun­do» [«Weltschmerz»], que lo hizo comparable tantas veces al italiano Leopardi y que era en cierto modo el mal de la época — «le mal du siècle» — en toda Europa; sino que también aporta una vena musical del todo suya, que con su impetuosidad sumerge los restantes elementos de la composición y los subordina a las propias exigencias, resolviendo la poesía en una fluidez de acordes, en melodía, en canto.

«Alma ena­morada de la música, experta en música, enferma de música», «ligada al mundo y a la vida por relaciones musicales», necesi­taba exaltarse en la atmósfera indetermi­nada del sentimiento. Al mismo origen se remonta la capacidad de visión que su poe­sía alcanza en algunos momentos; rara­mente se encuentra en la literatura mo­derna una poesía tan rica en visiones cós­micas, míticas. El peligro — inmanente en tales tendencias — fue que su poesía nació siempre como inspirada improvisación y no se purificó artísticamente con la fiscalización crítica de su sensibilidad, de modo que nos resulta hoy de valor desigual. Pero cuando el chorro de la inspiración fue puro, nacieron cosas admirables, tan vivas hoy como cuando las escribiera.

G. F. Ajroldi