Poesías, Neri Tanfucio

Colección de poesías en dialecto pisano o en lengua italiana, en su mayor parte sonetos, de Neri Tanfucio (Renato Fucini, 1843-1921) publicados pri­mero en 1872.

Siguieron otros Cincuenta sonetos en vernáculo y otros tres grupos de poesías en italiano que fueron reunidos con la producción precedente en la edición de las Poesías de 1920. En cuanto a los asuntos y temas, más de la mitad de los sonetos de Fucini se refieren a la época, figuras y hechos que, en tomo al año 70, conmovie­ron a Neri, el albañil pisano en nombre del cual habla el poeta. El telégrafo, el gas, la bicicleta, la guardia nacional, el «traspaso» de la capital a Florencia, el Papa declarado infalible, el Parlamento, la memorable cre­cida del Arno, castigo de Dios; éstos son los acontecimientos que le conmueven, como es propio de un toscano, estimulándole más la atención crítica que la fantasía.

Si tam­bién se despierta en él el asombro, se aguza en seguida en un chiste, en un epigrama; y a menudo el soneto tiene sobre todo el oficio de engarzar uno de aquellos versos memorables que, apenas pronunciados, se tornan proverbios. ¿Por qué no puede ser que el mundo sea redondo y que gire?: «Si gira el vasito, adiós el extracto» [«Se giri ’r bicchierino, addio l’estratto»]. Una vez creado el mundo, Dios hizo al hombre, y cuando se lo vio delante ¿qué dijo?: «¡Mundo bribón, a lo menos ahora se ríe!» [«Mon­do birbone, almeno ora si ride!»]. Si bien los sonetos de Fucini se mueven dentro de un círculo restringido de sentimientos y de ideas, con todo, dentro de sus límites, Fu­cini tiene, quizás más que los otros poetas dialectales, el rasgo nítido, el gusto preciso de la intuición.

Muchos son los sonetos be­llos que van derechos a la diana sin fa­llar; pero en algunos, aunque la pincelada, la ocurrencia y el diálogo sean justos, con todo, el diseño general del soneto, en conjunto, resulta un poco rebuscado y for­zado. Esto ocurre por lo general en los so­netos burlescos, cuando el poeta pone demasiado cuidado y dispone demasiados, expe­dientes para preparar su disparo: la carca­jada del último verso; y en los sonetos sen­timentales, cuando Fucini trabaja demasiado el «boceto», lo compone, lo repinta, y se repite más de lo necesario. No deben enga­ñarnos el desenfado de un dialecto que no se para ni ante la vulgaridad, ni la realidad y la modestia de los asuntos que parecen a menudo recogidos en las conversaciones de la plaza o en la crónica menuda del pueblo: sabrosos, francos, tan eficaces como se quiera; pero en los sonetos písanos hay arte consciente y a menudo, diríamos, lite­ratura, mucho más de lo que parece.

En cuanto a la dependencia de Fucini con res­pecto a Belli, sólo es cierta en el sentido de que toda poesía dialectal y popular acaba por tener pasajes obligados, temas semejan­tes. Los más bellos sonetos de Belli, aun los dialogados, quedan restringidos en sí mismos y duros, caen sobre el último verso como un puño cerrado; los más bellos sonetos de Fucini comienzan con estallidos, se propagan y se esfuman un poco en las face­tas del diálogo, son comedias y farsas «in nuce». Fucini es más jocoso, desinteresado, menos útil; su juego, su risa, revelan más un honrado escepticismo, que un intento moral y político.

La moral de Neri, albañil pisano, está toda y únicamente en aquel gusto limitador que ve una trampa en lo retórico, la hinchazón y los fáciles y dudosos entusiasmos ajenos, y Neri y su poeta prefieren siempre lo sencillo, lo con­creto, y aun lo poco y lo pequeño, pero que sea exacto. Menos importante que su pro­ducción dialectál es la italiana, de tono ora humorístico, ora sentimental, de la que merece destacarse el conjunto de las «Som­bras» [«Ombre»], publicadas en la edición de 1920, de carácter autobiográfico y de emocionada sencillez.

P. Pancrazi

Éstas eran las dos cuerdas que sonaron en el ánimo de Fucini: la sonrisa y la pie­dad; una, sonrisa que no se exageraba en bufonería; una piedad que no se dilataba ni falsificaba en el tono lloriqueante y el énfasis. (B. Croce)