Las obras de la poetisa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz (en el siglo, Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana, 1651-1695) fueron publicadas en vida de la autora, en tres volúmenes: Inundación castálida de la única poetisa, Musa Décima, ‘ sor Juana Inés de la Cruz (Madrid, 1689), a la que siguió una reedición con el título Poemas de Juana Inés de la Cruz (Madrid, 1690); Segundo tomo de las obras de Sor Juana Inés de la Cruz (Sevilla, 1691 y Barcelona, 1693); Fama y obras póstumas del Fénix de Méjico, Sor Juana Inés de la Cruz (Madrid, 1700), con Una biografía del jesuita P. Calleja.
Producida la reacción neoclásica del siglo XVIII, también la poesía de Sor Juana cayó en el olvido, pero mucho antes de la actual revaloración de la poesía barroca, su obra fue considerada y ocupó el centro de una atención siempre creciente. La renovada fortuna de la poetisa podría adscribirse en verdad, hasta ayer, más al «caso psicológico» y al equívoco de la interpretación biográfica de su poesía que a una valoración puramente estética. La crítica moderna ha deshecho la romántica leyenda de la monja impulsada al claustro por un desengaño amoroso, pero el «caso psicológico» ha resistido y se ha confirmado con el esquema psicoanalítico de la «introvertida, anormal, pero dotada de capacidad erótica». Ciertamente es desconcertante la figura de esta poetisa que, a los diecisiete años, después de haber aprendido todo lo que en su época podía conocerse con sólo sus fuerzas, a pesar de ser hermosa y admirada, sofoca bajo el hábito su alma apasionada y su rica sensibilidad.
A decir verdad, Sor Juana nos ha hecho saber que ninguna poesía fue compuesta por su voluntad, excepto el Sueño; las demás las escribió a instancias de amigos; pero sus versos «hablan con tal elocuencia, y con voces tales de pasión sincera y mal correspondida o torpemente burlada, tanto más penetrantes cuanto más se destacan del fondo de una poesía amanerada y viciosa, que sólo quien no esté acostumbrado a distinguir el legítimo acento de la emoción lírica, podrá creer que se escribieron por pasatiempo de sociedad o para afectos ajenos» (Menéndez Pelayo). Sin embargo no puede negarse que la mayoría de las obras son composiciones ocasionales: acciones de gracias, homenajes, cumplidos, galanterías, etc. Son exactamente sesenta y tres sonetos, cincuenta y nueve romances, una silva, nueve glosas, una quintilla, treinta y cuatro décimas, diez endechas, tres liras, etc. Se ha querido ver en Sor Juana una imitadora de Góngora.
Pero su poesía barrococonceptista recuerda más el modelo calderoniano que el gongorino, sólo reconocible en el Sueño. En sus aspectos comunes, Sor Juana se puede definir por el contenido racional de su poesía, cuyo procedimiento habitual es el contraste, acompañado de riqueza expresiva, pompa decorativa y sintaxis apropiada. En las ocasiones más externas e impersonales la poetisa acude a recursos barrocos a base de erudición histórica y mitológica, a la inoportuna aplicación de términos científicos y artísticos, como en el «Neptuno alegórico», «Océano de colores», «Simulacro poético» y otras composiciones encomiásticas y celebrativas. Pero cuando se entrega al sentimiento sabe encontrar una espontaneidad grande y pura; usa un lenguaje transparente y fluido, como en los sonetos «Suspende, cantor cisne, el dulce acento», «Detente, sombra de mi bien esquivo», «Diuturna enfermedad de la esperanza», «Rosa divina que en gentil cultura»; soneto este último, donde desarrolla el mismo motivo de dos célebres sonetos de Góngora y de Calderón, no quedando inferior a ninguno de ambos.
Sor Juana maneja el soneto con gran maestría y sabe equilibrar en ellos la riqueza decorativa, la musicalidad y la agudeza. Emplea las redondillas para disquisiciones de carácter psicológico o didáctico, donde la poetisa analiza la naturaleza del amor y sus efectos sobre la belleza femenina, o bien defiende a las mujeres de las acusaciones de los hombres, como en las célebres «Hombres necios que acusáis». Los romances ofrecen variados aspectos de la poetisa, y son también aplicados, con flexibilidad discursiva y finura de notaciones, a temas sentimentales, morales o religiosos (son hermosos por su emoción mística los que cantan el Amor divino y Cristo en el Sacramento). Entre las liras es célebre la que expresa el dolor de una mujer por la muerte de su marido («A este peñasco duro…») de gran elevación religiosa. La obra maestra de Sor Juana es el breve poema Primero sueño, de novecientos setenta y cinco endecasílabos y heptasílabos en silvas, que traduce los laberintos sensoriales y naturalistas de las Soledades (v.) gongorinas a una especie de cosmogonía fisiologicorreligiosa de fantástica intensidad, que quiere comunicar «la inquietud ante el misterio cósmico de los fenómenos hombre y mujer» (Vossler).
Hay que añadir a las poesías líricas los «villancicos», incluidos en el auto sacramental El divino Narciso, de una sencillez estilística que recuerda los mejores ejemplos de Lope de Vega y de Valdivielso. Florecida en el tardío barroco, la poesía de Sor Juana, con ,sus arrebatos profanos y místicos, con su sed de saber, fue la expresión más típica de una época que no era sólo artificio retórico, sino atrevimiento de pensamiento e insaciable aspiración hacia Dios.
C. Capasso

