Poesías, Juan Meléndez Valdés

Las Poe­sías de Juan Meléndez Valdés (1754-1817) constituyen, según la opinión más genera­lizada, la más fina y significativa produc­ción poética española de su siglo. Desde la primera edición de 1785, a la que siguieron otras aumentadas por el mismo autor, no ha cesado de enriquecerse el caudal poé­tico de Meléndez Valdés, al que los eru­ditos han añadido nuevos materiales.

Sin embargo, lo mejor de Meléndez Valdés se encontraba ya en la primera edición, o al menos en la de 1797. En las «Odas anacreón­ticas», en las «Letrillas», en los «Idilios» o en los «Romances» juveniles encontramos lo mejor del poeta, su tono propio, que sabe elevar el verso y dotarlo de una musica­lidad acariciadora, aérea, en armonía con la sensualidad y la transparencia de los moti­vos que le inspiran. El baile, el espejo, el tocado de la amada, adornada con gusto rococó, las vendimias, la lluvia en el campo, los hoyuelos de la cara que los céfiros quie­ren besar, la mariposa y la paloma de Fi­lis, el piano de Galatea, la mañana de San Juan, los segadores, y muchos otros temas galantes, anacreónticos, pastoriles, paisajis­tas, están tratador con deliciosa ligereza de toque, con frivolidad elegante, con armonía cristalina y extrema sensibilidad de poeta idílico.

Pese a lo convencional del falso bucolismo del siglo XVIII, la poesía menor de Meléndez Valdés no llega nunca a la rigidez, gracias a su lozana sensualidad, a su habilidad para reflejar con delicadas tin­tas los detalles del paisaje, así como emu­lar el movimiento y la gracia de las vuel­tas, los saltos y las danzas. La relación del poeta con Jovellanos, austero y grave, que ejerce sobre Valdés una influencia cons­tante, le lleva a ensayar otro «tipo de poesía, más elevado y trascendental, el de las «Odas» morales, filosóficas y sacras, el de las «Elegías», de las «Epístolas» y de los «Discursos» en versos endecasílabos. La tier­na naturaleza de Meléndez resulta quizás algo forzada al adaptarse al tono grandilo­cuente y sentencioso, a la auténtica pasión prerromántica y romántica, como exige su nueva ambición de poeta mayor. Pero el trabajo queda compensado por la amplitud generosa de una poesía que, si no llega a la robustez y el brío que alcanzará en los poetas de la generación inmediatamente posterior, prepara su camino, por lo cual éstos lo consideran su modelo y precursor.

El gusto de Meléndez Valdés, su perfec­ción y el adorno retórico eran impecables; y como, por otra parte, bajo su aparente frivolidad, latía un corazón auténtico, capaz de languideces románticas y entusiasmos ambiciosos, no faltan en los mejores ver­sos momentos de plenitud apasionada y de concentración mental, aunque estén entremezclados con períodos de molesto discurso moralizador, filantrópico o adulatorio. En nuestro siglo ha interesado también mucho el aspecto prerromántico de ciertos roman­ces legendarios y elegías desesperadas, como los romances de «Doña Elvira» o la elegía «La partida». No menos sabrosos resultan otros pasajes de curiosidad científica, en los que la poesía de Valdés se enriquece con la mención y el elogio de los descu­brimientos físicos y mecánicos — Newton, Galileo—o con alusión a teorías modernas que renuevan el tema de la ambición del saber, tan grato a su siglo como ilustre en la poesía de tradición salmantina poste­rior a Fray Luis de León, tradición de es­cuela en la que está situado Meléndez Valdés. G. Diego

El restaurador de la poesía española. (Jovellanos)

Hay un autor que ha desempeñado en España la misión que Chateaubriand en Francia. Ha sido este autor el más grande y elocuente de los prerrománticos y quien más ha influido indudablemente en la ge­neración romántica. Aludimos a Meléndez Valdés. Todo el Romanticismo está ya con­tenido — impetuoso y ardoroso — en Me­léndez Valdés. (Azorín)