Poesías, Francisco Medrano

La obra poética del jesuita exclaustrado Francisco Medrano (1570-1607) se distribuye como sigue: trein­ta y cuatro odas, cincuenta y dos sone­tos y un dístico latino del que se nos ha conservado también la traducción caste­llana. Fue editada por primera vez junto con los Remedios de Amor de don Pedro Vanegas en el año 1617 en Palermo por Angelo Orlandi, y reproducida con numero­sos errores por don Adolfo de Castro en el volumen XXXII de la «Biblioteca de Auto­res Españoles».

Recientemente ha sido edi­tada y estudiada por Dámaso Alonso en Vida y obra de Medrano (2 vols., Madrid, 1948), edición y estudio llevados a cabo a la vista de los autógrafos conservados. Numerosos han sido los críticos que han dedicado su atención a la obra de este escritor, entre los que cumple destacar, a partir del primer editor, que lo compara a Horacio, Bohl de Fáber, Adolfo de Castro, La Barrera, Menéndez Pelayo (que en Horacio en España afirma que en nada varía a Horacio). Ex­traordinario interés tiene la atención que los poetas modernos, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Jorge Guillén, han dedicado a la poesía de Medrano, de cuya actitud es sím­bolo la edición de Dámaso Alonso. La lec­tura de los manuscritos ha permitido a Dámaso Alonso estudiar el alcance de los poemas amorosos y plantearse el problema de la autenticidad de estos amores.

En mu­chos de los autógrafos aparecen nombres de damas, como Flora, Amarilis y otros, hasta el punto de que las poesías dedicadas a ellas forman ciclos. Así las dedicadas a Flora («Tus ojos, bella Flora, soberanos»), a quien dice: «Tu alma fue la que venció la mía,/que, espirando con fuerza aventa­jada/por ese corporal apto instrumento,/ se lanzó dentro en mí, donde no había/ quien resistiese al vencedor la entrada,/ porque tuve por gloria el vencimiento». A ella dedica poemas con ocasión de las des­pedidas, de su ausencia, de su muerte (que imita de Garcilaso: «Yo sentí de la muerte el postrer hielo»); habla de ella a los ami­gos, etc. Esta dama ha sido identificada con doña Inés de Quiñones, ilustre señora sevi­llana. Otro grupo lo forman las poesías de­dicadas a Amaranta — identificada con doña María de Esquinel —; otro el de Amarilis, de la cual los autógrafos callan el verda­dero nombre y de cuyas poesías ha dicho Dámaso Alonso: «La pasión por Amarilis «se manifiesta como mucho más sensual y cada vez se va haciendo más dramática, más peligrosa, más sombría», como se ve claramente: «Árdenme aquellos ojos/de la Amarilis, que, serenos,/roban el sol; aque­llos sus enojos/árdenme, de sal/más que de ira llenos;/su dulcemente acerba rebel­día,/y de su negro pelo/el oro, el fuego».

Dámaso Alonso insiste en que se trata de una dama «con bulto de carne, con hervor de deseo». Realmente, el tono de -la poesía de Medrano cuando a esta dama se refiere no tiene aquel carácter tópico de la poesía de su tiempo, sino que parece referirse a una realidad, a una experiencia real: «cuan­do ella tuerce — ¡ oh, cómo hermosa! — el cuello/a mis ardientes besos, y, rogada,/con saña fácil niega/lo que ella, más que el mismo que la ruega,/dar quisiera roba­da». Medrano en muchas de sus composi­ciones imita a Horacio, pero hay elementos de la descripción de la dama y de las situa­ciones amorosas que no están en el poeta latino ni en la tradición de la poesía amo­rosa renacentista. El autor siempre varía a los modelos en alguna situación concreta. Todo esto da un valor realmente extraor­dinario a su poesía y permite suponer que sus amores eran reales y no platónicos. «Medrano, naturaleza fuertemente sensual — advierte el citado crítico —, partía del sentido, pero se elevaba o tendía a elevarse a la más límpida espiritualidad».

En sus poesías no está ausente la lucha interior que motivó su salida de la Compañía de Jesús, y así escribe a un amigo: «En el Dios muerto para darnos vida/hallaréis fuego vos, hallaréis brazos/que abrase el monte y libre os den salida». En él hay una lucha constante entre el sentido y el propósito, que aparece manifiesta en su poesía «A Dios Nuestro Señor»: «¿Cómo esperaré yo que de mi pena/tibias las que­jas toquen en tu oído,/si con la lengua libertad te pido/y el corazón se goza en la cadena?» En estos versos el poeta llega a expresar toda la realidad de la tragedia humana, toda la agonía de su espíritu cris­tiano, y pueden ellos ser símbolo de toda su vida y de toda su poesía.