Poesías, Francesco Melosio

[Poesie]. Entre los poetas del siglo XVII que cultivaron los dobles sentidos, los juegos de palabras de la lírica burlesca — como Salvator Rosa, Menzini, Sergardi, Gelsi, Leporeo, etc. —, Francesco Melosio (1609-1670) se distinguió como inventor de una nueva dirección, consistente en suscitar el ridículo exclusi­vamente con el chascarrillo, adaptando por sistema el equívoco y lo inesperado — que otros habían aplicado por modo extravagante a la poesía seria — en el terreno más natural de la lírica puramente jocosa.

El llamado arte melosiano oscureció en gran parte la dirección de Berni, logrando nu­merosos seguidores en su siglo y ganando grandes favores hasta los tiempos de la Arcadia, cuando en Toscana volvieron a florecer los poetas bernescos y Melosio fue pronto olvidado. Entre sus poesías, publi­cadas por primera vez, en edición póstuma, en Cosmópolis, en 1672, y divididas en «So­netos graves», «Sonetos amenos», «Cuader­narios», «Capítulos», «Recitativos varios», «Recitativos amenos», a los que se añaden «Dos discursos académicos en prosa» y el drama L’Orione, son dignos de mención como ejemplo típico de la nueva dirección, un soneto en el que describe su habitación en la Corte, donde vivió algún tiempo como lugarteniente del cardenal Strada, triste y oscuro cuartucho que le hace jugar con la paradoja y con los juegos amenos de palabras; un «Cuadernario» de tema parecido, «La casa arruinada», en que Me­losio se divierte haciendo reír con chistes de toda clase acerca de las ruinas de su casa derribada por los ejércitos del Gran Duque; y algunos sonetos de carácter his­tórico, entre los que son célebres los rela­tivos a la condena a muerte y al suplicio de unos acusados que, según parece, se habían conjurado contra la marquesa de Turín, de la cual era servidor el poeta.

En éstos hasta el aspecto lúgubre de la ejecución está tratado con ironía; sin em­bargo, el juego verbal de las metáforas da una luz siniestra a la sonrisa forzada que Melosio esparce sobre las desgracias de su propia vida. Finalmente el poeta se hizo sacerdote, pero debió tomarlo a la ligera, porque sazonó algunas de sus poesías de amor con chistes salaces y groseros dobles sentidos, exaltando casi siempre a mujeres de baja condición y de livianas costumbres. Así como se divirtió en la lírica erótica, captando los aspectos ridículos y las cua­lidades más singulares y accidentales de estas mujeres inspiradoras de burlas, espar­ció siempre en sus poesías el buen humor con los caprichos más fantásticos y el arte sin par del equívoco, que brillan a menudo en medio del artificio con luz singular y seductora.

C. Angeleri