Poesías, François Coppée

El francés François Coppée (1842-1908) fue el poeta de los humildes y, como ha observado Jules Tellier, abordó los temas triviales sin caer jamás en la trivialidad. Nacido en París, su musa familiar, que los simbolistas calificaron de burguesa, exalta, sin que falten los rasgos de humor, a esos seres anónimos y desheredados de los barrios populares y de las provincias.

El relicario (1866), dedicado a Leconte de Lisie, encierra ya, con el pesar de haber visto marchitarse «las santas candideces de su alma», las siluetas, matizadas de tierna piedad, de un soldado, de un borracho y de una solterona. Los ancianos, una hospiciana, hasta «un pobre viejo reincidente en el delito» (Poemas diversos), nadie es indigno de merecer sus palabras de compasión. Dos años más tarde publica las Intimidades (v.) (1868), y sólo llega a vender setenta ejem­plares, pero muy pronto su obra teatral El caminante (v.) será estrenada en el Odeón (1869), y a partir de entonces cono­cerá la celebridad. François Coppée saca a luz después los Poemas modernos, que comprenden relatos en verso como «El Án­gelus», «El padre» («Volvía siempre bebido y golpeaba a su mujer…») y «La huelga de los metalúrgicos» («Esta vez el barrio estaba harto de tener hambre…»).

En los Humil­des (v.) (1872), Coppée nos presenta «El pequeño tendero de Montrouge», cuya tien­da «sombría, de reducidas ventanas pinta­das de rojo», despide «un desagradable olor sobre la acera». También sorprenderemos aquí, en el último rincón de una provincia, una «casa con olor conventual» o, en un ignorado lugar de las afueras, a ciertos pequeños burgueses gozando de su diminuta felicidad («Beben «cassis»/licor de grose­lla,/inocente licor»). Después de Paseos e interioridades (1875) y Escrito durante el asedio (1870), aparece el Cuaderno rojo (1874), que, entre otros versos de circuns­tancias, contiene un breve poema de fino contraste («Alegría del cementerio»), don­de vemos a un jovial sepulturero del «Père Lachaise», embriagado por la pri­mavera, «coger con sus negros dedos en­guantados/flores para su mujer y su hija».

En Olivier (1876), largo relato en verso no exento de monotonía, el poeta, desencan­tado, da muestras de su destreza («Bien quisiera morir/no pudiendo amar más»). Los Relatos y elegías (1878), pequeños poemas épicos o sentimentales, evocan, particular­mente en «El desterrado», el desdichado amor de Coppée por una joven nórdica («Niña rubia de dulces ojos, rosa de’ Noruega») que había conocido a orillas del Leman. Los Cuentos en verso y poesías diversas constituyen otras tantas fantasías inspira­das por el barco-golondrina, el regimiento que desfila, el asilo nocturno, el jardín, del Luxemburgo, temas que dominan en «El niño de la pelota» y en «La vendedora de periódicos», dos breves y sentidos relatos que constituyen otros tantos modelos del género por su emoción y técnica cons­tructiva.

El Otoño (1887) viene a ser, con menos burlas y más ternura, una prolon­gación de los Humildes. Así lo ponen de relieve poemas como «Minutos sentimen­tales» («Más quiero amor que belleza»). Publicó finalmente Las palabras sinceras (1891) y Versos franceses (1906). Elegiaco por temperamento y menos «popular» sin duda de lo que él quería parecer, François Coppée, en este género menor, se aproxima â veces a la perfección. Virtuoso rimador, preocupado siempre de la forma, compren­dió mucho antes que otros que «las cosas más sencillas y comunes poseen una gracia de novedad para aquel que sepa verlas». Sus poesías póstumas (Sonetos íntimos y poemas inéditos y Hacia el amor y la ter­nura, 1927) fueron reunidas por su sobrino Jean Monval.