Constituye la colección de poesías de Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862) uno de los interesantes documentos que permiten estudiar el paso del estilo y gusto del siglo XVIII a las formas y expresiones del XIX. La mesura, el equilibrio y la discreción presiden estas poesías de tono elegante y culto que revelan ora la fina sensibilidad setecentista, ora la vaga inquietud, el dolor escondido, del poeta romántico.
Sin entregarse a ninguna de las dos escuelas, sin llegar a poseer una auténtica inspiración, Martínez de la Rosa juega con acierto sus rimas y alcanza felices resultados que, si no le sitúan entre los grandes, le valen, sin embargo, un lugar decoroso entre los poetas de su tiempo. «De pompa ceñida bajó del Olimpo/la diosa que en fuego mi labio encendió;/sus ojos azules, de azul de los cielos,/su rubio cabello de rayos del sol…» son los primeros versos de «El nacimiento de Venus», composición escrita siguiendo las huellas de Meléndez, y una de las más elegantes del autor. Al mismo tipo de composiciones pertenecen «Los juegos de amor» y la anacreóntica «Quién bebió en esta copa», tan plena de gracia y agilidad y tan claramente enraizada en la tradición del siglo XVIII.
También en esta línea, de escasa emoción pero de hábil virtuosismo, ofrece Martínez de la Rosa algunos poemas inspirados en la más pura tradición española: recuérdense aquellos versos que intentan imitar la música de la estrofa manriqueña: «Vi su inmenso poderío,/sus artes tan celebradas,/ su grandeza…», de la composición titulada «El recuerdo de la Patria». Sin llegar, como se dijo, a alcanzar una verdadera emoción, el poeta parece, con todo, más sincero cuando deja asomar en sus versos delicadas y sentidas expresiones de claro sabor romántico: «La mansión de los muertos… Ni un acento,/ni una voz, ni un murmullo… hasta parece/que el eco está allí mudo y no responde» son los versos con que el poeta evoca a la perdida Pompeya, en la «Epístola» dirigida al duque de Frías por la muerte de su esposa.
Agilidad, fluidez, facilidad, tales son las cualidades con que se suple la falta de inspiración; y todo ello teñido de una mesurada ponderación y de un innato sentido del equilibrio entre los extremos, que permitieron a Martínez de la Rosa ser a la vez el autor de una Poética a lo Boileau y de una obra de teatro, La conjuración de Venecia (v.), que figura como una de las pioneras del romanticismo español.
A. Pacheco

