[Izabrane Pjesme], Publicadas en Zagreb, en 1898, señalan en la lírica croata una nueva época, tanto desde el punto de vista ideal como formal. Silvije Strahimir Kranjčevič (1865-1908) es el más típico representante de la inquietud, crisis y rebelión del hombre moderno, ha escrito Milan Marjanović.
También se ha dicho que ningún poeta croata estuvo como él tan distante del Mediodía y tan cerca de los poetas nórdicos, de un Ibsen o un Strindberg. Sin embargo, el pesimismo del poeta creció entre las ruinas de la antigua Roma imperial y en las catacumbas de la Roma cristiana. Las ruinas de Roma hablan al poeta croata de la fuerza demoledora del tiempo, del despotismo de los tiranos, de la miseria de los esclavos, de la rebelión de los oprimidos. Las ruinas del Foro Romano le recuerdan su Croacia, esclava del tirano. El poeta, en Roma, experimentó la oposición aún más grave entre el cristianismo de los primeros siglos y el catolicismo, clamó, como un fanático hereje, contra el cristianismo oficial.
Este contraste encuentra su acento en el «último Adán», canto fúnebre y revolucionario de la humanidad moribunda que impreca contra Dios y los dioses, que maldice al ciego destino por el que se derrumbó el Edén humano, más bello que el de nuestros antepasados. Los dulces ruiseñores, que evocan nostálgicamente el encanto lunar, el ardor de las venas y de los labios, los arcanos misterios, las arcanas bellezas, aumentan la «maravillosa» desesperación del canto. Entre las poesías patrióticas, en las que el poeta clama contra la Austria de los Habsburgos y escarnece la humilde sumisión de su pueblo, sobresalen las «Elegías de los Uscocos» [«Uskocke elegije»] («Nuestro pequeño hombre», «La abuela del Velebit», «La sombra de Tersatto», «En la orilla de la ciudad de los Uscocos», etc.) por su carácter y color puramente croatas.
Sin embargo, en el sombrío pesimismo del poeta que niega lo que los hombres y los dioses crearon y clama contra las injusticias sociales, una idea se pone de relieve: la idea del trabajo, celebrado en el oratorio «El primer pecado», en la «Idea del Mundo», «Al obrero» y en otras poesías, como la única salvación del mundo. En «La idea del trabajo» hay la nobleza, la bondad y el idealismo del poeta que pudo decir: «Oh madre tierra, perdona si no te traté dignamente. Pero es que quisiera que tú, bella, florecieras de lirios de justicia, de rosas de libertad y que fueras la primera joya del Universo y la primera flor del pensamiento divino».
U. Urbani

