Según Menéndez Pelayo, las poesías de Enrique Gil y Carrasco (1815-1846) pertenecen a la escuela del Norte, por su vaguedad, melancolía y subjetivismo. Su mejor composición es «La violeta», que empieza: «Flor deliciosa en la memoria mía,/ven mi triste laúd a coronar,/y volverán las trovas de alegría/en sus ecos tal vez a resonar…».
«Una gota de rocío» es también poesía que merece citarse. La crítica señala la influencia de Chateaubriand, Lamartine, Espronceda y Zorrilla en este poeta de aficiones — un poco vagas — a lo popular y folklórico. En su obra se refleja siempre el paisaje y la naturaleza del Bierzo, su tierra natal. De Villafranca del Bierzo (León) fue a Madrid a estudiar Derecho (1836-1839); escribió en algunos periódicos y fue nombrado comisionado extraordinario en Prusia para preparar la reanudación de relaciones diplomáticas de este país con España. Fue amigo del Barón de Humboldt, y murió en Berlín.
Su vida y su obra han sido estudiadas por Ricardo Gullón en un libro que se titula Cisne sin lago. Las obras de Gil y Carrasco se clasifican en: artículos de costumbres, como El segador (gallego), El maragato, El pastor trashumante (leonés). Los tipos están bien observados. En libros de viajes: Diario de un viaje (a Berlín), notas para un libro; Bosquejo de un viaje a una provincia del interior (a León), donde sobresale la descripción del Bierzo, más notable por la visión del paisaje que por la observación arqueológica.
Y la novela histórica El señor de Bembibre (1844), basada en el hecho de la extinción de la Orden del Temple en España; es la mejor novela histórica de nuestra literatura; su parte decorativa, magnifica; su estilo, claro, sencillo y natural; hábil en la descripción y flojo en el diálogo.
C. Conde

