Poesías, Dylan Thomas

La obra lírica del escritor galés en lengua inglesa, Dylan Thomas (1914-1953), fue publicada en los si­guientes libros: Eighteen Poems [Dieciocho poemas], aparecido en 1934; Twenty-five poems [Veinticinco poemas], en 1936; The Map of Love [Mapa de amor], que contiene poemas y cuentos y se publicó en 1939; Deaths and Entranees [Defunciones y naci­mientos], editado en 1946, y sus Collected Poems [Poemas completos], que vieron la luz en 1952 y comprenden toda su produc­ción poética hasta dicho año, más siete poemas inéditos.

Dylan Thomas pertenece a una generación de poetas que ya apunta­ron sus inquietudes poco antes de la segunda guerra mundial, pero que después de ella cobró madurez. Con Henry Treece, Anne Ridler, David Gascoyne y otros, Thomas participó — aunque con mucha independen­cia — en el movimiento poético llamado «Nuevo Apocalipsis», grupo que reaccionó contra la generación anterior, la que se hizo famosa alrededor de 1930 y que se conoce como la generación de Oxford: a ella pertenecieron Auden, Day Lewis, Mac Neice y Spender. Frente a esta generación, que prefería el realismo, el tema social y la sátira política, y que derivaba, aunque con reservas, de la actitud desolada y crítica de The Waste Land, la de Dylan Thomas revaloriza el poder creador de la imaginación y la gran función alumbradora que el mundo cotidiano y el mítico, entremezcla­dos, tienen para la poesía.

Thomas depura su lírica de todo lo que, según su teoría poética, sea bastardo: prosaísmos, evocación no transfigurada de la realidad, lenguaje coloquial y todo lo que sea sórdido y des­quiciado y no conserve un hálito elemental de lirismo puro, romantizante. Si, a veces, el desgarro y la vulgaridad del mundo mo­derno aparecen en sus versos es de una manera indirecta, simbólica, antieliotiana, como para justificar que no es un esteta y que vive los problemas de su tiempo. En la poesía de Dylan Thomas la fusión de su ardor vital y de su verbo creador y casi fabuloso, levantan un mundo alucinante que posee algo de la «follia» de Ramón Llull. Es el camino iluminado de Blake, Rimbaud y otros visionarios. La claridad meridiana no es su norma.

Con razón se le ha calificado de oscuro y se le ha ads­crito a la línea poética que va desde Vaughan a Hopkins y W. B. Yeats. En su mundo la vida y la muerte son los extremos de un mismo arco, el contrapunto eficaz que mueve su energía creadora. Para el poeta la sola existencia es ya algo extraor­dinario, una sorpresa renovada cada minu­to, y canta sus goces y sus pesares como algo inseparable, como un don glorioso que hay que agradecer al Creador que nos lo brinda. El misterio ontológico, la pasión por el hombre, los sueños prenatales, la ni­ñez paradisíaca, son temas que Thomas evoca con magia de bardo. El sentido alu­sivo o críptico de algunas de sus metáforas, imágenes o estrofas, lo emparenta con la Biblia y con Joyce. Su verbo es tan prístino, tan virginal, que parece llegar directamente de las fuentes no enturbiadas del lenguaje, sin ser, como decía Lorca, «la impura pa­labra del hombre sudoroso».

Cada verso es una aventura, la lógica poética permite que todo sea una continua sorpresa. El lector intuye que el poema se ha concebido sin un esquema previo; el impulso creador lo ha puesto en marcha como un fuego que avanza con todas sus alas. Por eso no hay en sus poemas zonas intermedias o grises, de descanso, o poco inspiradas. El meollo de su mundo son las imágenes que se su­ceden, se contradicen, se interfieren y se destruyen. Lo ha contado el propio poeta en una carta a Henry Treece: «Un poema mío requiere una multitud de imágenes, porque su centro constituye precisamente una multitud de imágenes… Dejo que una imagen “se cree” emocionalmente en mí, y entonces aplico a ella mis facultades inte­lectuales y críticas; pero, después, que se cree otra y que ésta se oponga a la pri­mera; hago que de la tercera imagen nacida de las otras dos se forme una cuarta ima­gen contradictoria, y dejo que, dentro de los límites formales impuestos, luchen entre sí… Lo que deseo poner en claro — y es algo que no distingo con precisión — es que la vida de cualquier poema mío no se mueve de un modo concéntrico alrededor de una imagen central, sino que la vida debe emanar del centro; debe nacer de una imagen para morir en otra; y toda secuen­cia de imágenes debe ser una secuencia de creaciones, recreaciones, destrucciones y contradicciones… y de este inevitable con­flicto de imágenes… intento ese momento de paz que es un poema».

El mundo de Dylan Thomas está próximo a un cierto surrealismo, pero más apasionado y hu­mano, menos onírico y sin la carga de elementos impuros que aporta el subcons­ciente. «Encerrado en mi torre de palabras», dijo el poeta para expresar que su gran don era el verbo. Se ha dicho, con razón, que «el mundo se le daba, con urgencia dramática, en función del verbo». En él, expresión e intuición son una sola cosa. Aliteraciones, rimas internas, cadencias nuevas, etc., enriquecen el prodigioso len­guaje del poeta. En «Fern Hill» y «Poem in October» cantó el paraíso inquieto y des­lumbrador de su niñez y siempre rechazó lo   vulgar, lo puramente mental o lo que carecía de «charme». Sólo el mundo pasado por el crisol de su verbo hechizado le fas­cinaba. En uno de sus mejores poemas, escrito bajo el signo del amor, nos brindó una especie de teoría poética:

«In my craft or sullen art/Exercised in the still night/ When only the moon rages/And the lovers lies abed/With all their griefs in their arms, /I labour by singing light/Not for ambition or bread/Or the strut and trade of charms /On the ivory stages/But for the common wages/Of their most secret heart./Not for the proud man apart / From the raging moon I write/On these spindrift pages/Nor for the towering dead/With their nightin­gales and psalms/But for the lovers, their arms/Round the griefs of the ages,/Who pay/no praise or wages/Nor heed my craft or art»

[«En mi oficio o mi arte monótono, /ejercido en la noche sosegada, cuando sólo se enoja la luna/y los enamorados descan­san en su lecho,/con todas sus tristezas en los brazos,/trabajo cerca de la luz que canta,/no por el pan ni por ser ambicioso,/ni por el lucimiento y el comercio de hechizos /en marfileñas tablas,/sino por la paga sen­cilla/de su corazón más secreto ./Para el hombre orgulloso y apartado/no escribo, entre el enojo de la luna,/en páginas que son como marina espuma,/ni para los difun­tos que llegan a lo alto,/con sus ruiseñores y salmos;/escribo para aquellos amantes que rodean/con sus brazos las penas de los siglos/y no brindan ni paga ni elogio,/ni curan de mi oficio o de mi arte»].

Thomas es un poeta que exige la admira­ción de todos los líricos ingleses contempo­ráneos. Ha influido en un importante grupo de escritores jóvenes que ven en él una al­ternativa al estilo intelectual de Auden. Entre los poetas de menos de cuarenta años, él es quizá el único capaz de ejercer una influencia tan grande como la de Auden… Es un poeta «bárdico», cuyos temas son siempre vehementes. (S. Spender)