Poesías Completas, Ramón López Velarde

Las poesías del mexicano Ramón López Velarde (1888-1921) están reunidas en un volumen con este título, que comprende las dos colecciones: La sangre devota (1916) y Zozombra (1919), publicadas en vida del autor, más una póstuma: El son del cora­zón (1931).

A pesar de su breve vida y su breve obra, la importancia de López Velar- de y la influencia que ha ejercido en la poesía americana moderna son indiscutibles. Guardadas las debidas proporciones — ge­néricas y de época sobre todo —, del mismo modo que en el dramaturgo mexicano del siglo XVII, Juan Ruiz de Alarcón, se quiso ver precisamente por primera vez, la ex­presión, en la literatura de lengua española, de un acento americano, y más propiamente mexicano que le confiere un perfil singu­lar, junto a los demás grandes autores de su época (Lope de Vega, Tirso de Molina, etcétera), así en la poesía de López Velarde se señaló y exaltó un acento peculiar que refleja el «alma nacional» de su país.

Algu­nos, como Pedro Henríquez Ureña, llaman a esta cualidad mexicana «el sentimiento discreto»; y Díez-Canedo añade otros cali­ficativos: «el toho velado, el color crepus­cular». Si se toma como ejemplo la más famosa poesía de López Velarde, titulada «Suave patria», fácilmente se notarán esas características en sus melancólicas y aterciopeladas estrofas. Pero se deberá notar que López Velarde no es tanto nacional, cuanto más bien provincial; no pretende tal vez expresar tanto el alma entera de México, como ciertos aspectos de su fondo salvaje, y, al mismo tiempo, dulce, propios de su vida cotidiana. «López Velarde co­menzó — dice el historiador G. González Peña — a aportar a la poesía el tema regio­nal, la nota provincial. Llevó a ella la sen­sación de olor y calor, el ritmo austero y el lamento en sordina, el sentimiento de pie­dad y la gracia y la melancolía de los terru­ños naturales».

Con todo, la poesía de López Velarde compendia el «tono mexicano que, en definitiva, es el «tono menor» — sin apoyarse, no obstante, en lo vernáculo, sin hacer oficial, por decirlo así, lo que es autóctono, prescindiendo de lo exterior y de lo decorativo, para descender a lo que es íntimo y espiritualmente típico. «Fue el poeta del «íntimo decoro», subjetivo e indi­vidual siempre. Un clásico de nuestra histo­ria pequeña. Quizás nuestro mayor poeta». Así escribe un antologista de la reciente poesía mexicana, M. Maples Arce, también poeta, y de una escuela completamente di­versa, indicando con esto el tributo de ad­miración que aun los más discordes de su estética le rinden incondicionalmente.

Des­de el punto de vista técnico hay en López Velarde no tanto novedad de adjetivación, como un giro imprevisto de la frase, el des­cubrimiento de raras disonancias, de colores rudos y, con todo, armoniosos. Su influen­cia ha sido verdaderamente considerable en toda la poesía, no sólo mexicana, de estos últimos veinte años, puesto que se nota su huella hasta en algunos poetas argentinos de las últimas generaciones, como Silvina Ocampo y Ricardo E. Molinari.

G. de Torre