Poesías, Adalbert von Chamisso

Francés de naci­miento, alemán de idioma y sentimiento, Adalbert von Chamisso (1781-1838), natu­ralista y poeta, ha unido su fama, en lite­ratura sobre todo, a la bella y viva Historia maravillosa de Peter Schlehmil (v.), pero también es muy conocido por sus poesías, que se resienten del romanticismo francés y alemán, de aristocracia y liberalismo.

Publi­cadas en 1831, estas poesías son en parte de entonación francamente popular por su carácter sencillo y cantable. Sin ser en sus versos Un poeta creador y original, Cha­misso es sin embargo un finísimo imitador y reanimador de sentimientos ajenos. Así en su breve ciclo de nueve poemas titula­dos «Amor y vida de mujer» [«Frauen- Liebe und Leben»] una gentil expresión poética da forma a los sentimientos de amor y de dolor que hacen vibrar la vida de la mujer; estos sentimientos son expuestos por una anciana abuela a su nieta, que se va a casar, y representan las diversas fases de la vida femenina. La melodía de estos versos inspiró a Robert Schumann los famosos Lieder, op. 42, del mismo título (v.).

La poesía más interesante y expresiva es la titulada «El castillo Boncourt» [«Das Schloss Boncourt»], en que el poeta alemán, nacido francés y emigrado de Francia, sue­ña-volver a su infancia en el castillo de sus antepasados en Champaña, y lo ve ante sí con sus torres y su capilla sacra donde reposa su abuelo. Todo ya ha sido destruido por la Revolución y el arado pasa sobre el terreno arrasado. Las cuartetas expresan un profundo sentido de resignación humana y su poesía se eleva a verdadera altura de arte; es ésta una de las poquísimas poesías en que Chamisso habla de sí mismo, de su propia patria y de su propio destino.

En los breves esbozos o cuadritos de género saca­dos de la vida del pueblo es evidente la influencia del poeta de los humildes, Béranger; citaremos la graciosa y fina poesía «La anciana lavandera» [«Die alte Waschfrau»]: a los setenta y siete años «la más alegre de las lavanderas» trabaja todavía; en su juventud amó también, se casó, tuvo tres hijos y finalmente acompañó a su ma­rido al camposanto; pero ni en su desven­tura ha perdido la fe ni la esperanza; su más querido tesoro es la camisa que se ha cosido para su muerte, en la que piensa con admirable serenidad. No obstante su predilección por lo horrible, Chamisso no llega nunca a la intensidad dramática de la «balada» nórdica.

Se acerca a ella no tanto por el típico carácter sombrío de ese género como por el aspecto espantosamente impresionante de su descripción, «La novia del león» [«Die Lówenbraut»]: historia de la joven hija del guardián del león, que entra en la jaula para despedirse de la fiera, su compañera de juegos, a la cual confía su dolor por tener que casarse con un hombre desconocido; y el león, que lo ha comprendido todo, al presentarse el novio, se abalanza furioso a la puerta para no de­jarla salir; y cuando es la muchacha la que quiere abrir la puerta, el león enfurecido la destroza, y luego hace guardia a su anti­gua compañera de juegos hasta que una bala lo mata. De tono más popular y más cercano al romance es «El regreso del jo­ven» [«Des Gesellen Heimkehr»].

Relata la triste historia de un hijo que, a la, vuelta de un viaje, halla cerrada la puerta de la casa de su madre, la cual por temor a su segundo esposo ha echado ya a la calle a su nuera. El hijo encuentra a su esposa pero entregada a la mala vida, y transido de dolor se aleja, perdiéndose en lo desco­nocido. Es muy popular el relato en estro­fas rimadas «El sol lo sacará a la luz», en que este estribillo en diversas variaciones produce un efecto obsesionante y dramá­tico: una mañana Maese Nicolás confiesa a su mujer haber matado, en su juventud, a un mercader hebreo, el cual dijo al mo­rir: «el sol lo sacará a la luz».

Su mujer confía el secreto a su comadre, y así poco a poco ello sale de veras a la luz y el hombre es ajusticiado en la rueda, mien­tras los cuervos repiten: «¡El sol lo ha sa­cado a la luz!» Rica en lirismo y signi­ficado moral es la «Visión de la Cruz», re­lato alegórico en tercetos, de un peregrino que habiéndose quejado a Dios de su cruz demasiado pesada, es invitado por Él a es­coger una entre las muchas que oprimen a la humanidad: y su elección recae incons­cientemente en aquella de que se había quejado, por lo que él reconoce la suma justicia divina. Entre las «Leyendas popu­lares alemanas» [«Deutsche Volkssagen»!, son notabilísimas las de las «Mujeres de Weinsberg» [«Die Weiber von Weinsberg»], las cuales habiendo recibido autorización para salir de la ciudad asediada con lo que más quieran, se llevan a sus maridos car­gados a la espalda, y «El juguete de los gigantes» [«Das Riesenspielzeug»]: en el castillo de Niedeck, en Alsacia, habitaban una vez los gigantes; una hija de éstos encontró un día en un paseo a un campe­sino que araba y, hallándolo cómico y gra­cioso, se lo metió en el bolsillo junto con los bueyes, y después lo enseñó como si fuese un juguete a su padre; pero éste le ordenó severamente que volviese todo aque­llo a su sitio porque «si no fuese por el campesino, tú no tendrías pan».

La mora­lidad de estas fábulas es tratada por Chamisso con un humorismo casi burlón que no perjudica nunca su gracia poética. Y esto explica, junto con su gusto típicamente burgués, la gran popularidad alcanzada por este poeta.

Baseggio y E. Rosenfeld