Poemas Hagiográficos, Rosvita

Colección de ocho composiciones, primer esfuerzo literario de Rosvita (Hrótsvît) (935 aprox.-973 aprox.), monja alemana del cenobio de Gandersheim, que vivió durante el renacimiento otoniano. Son en su mayor parte versificaciones de antiguas leyendas famosas en el mundo cristiano, elaboradas en los silencios tranquilos y solitarios de una celda, por una estudiosa que se de­clara «no madura de edad y de escasa doctrina», pero que osa enfrentarse por esta profesión de humildad con el juicio benévolo de una indulgente sabiduría.

Fue­ron primero compuestos con una dedicato­ria en verso a la docta Gerberga, sobrina de Otón I, maestra de Rosvita y abadesa de Gandersheim, los breves poemas: «María o Historia del nacimiento y de la vida de la Virgen madre de Dios», en veintiún dísti­cos de invocación y 859 hexámetros, extraí­do del llamado evangelio de Santiago, que la crítica reciente llamó evangelio apócrifo del pseudo Mateo; «De la Ascensión del Señor», en 150 hexámetros, derivado, al decir de su autora, de un texto griego tra­ducido al latín por el obispo Juan; «La pasión de San Gongolfo mártir», en 301 dís­ticos, nueve de los cuales forman una invo­cación a Dios, escrito sobre la trama de una narración en prosa no identificada con seguridad; «La pasión de San Pelagio, glo­riosísimo mártir» (acaecida en Córdoba en 925), en 413 hexámetros, once de los cuales son una invocación al santo, compuestos so­bre una narración de viva voz de un cordo­bés que había ido al convento de Gander­sheim, y tal vez también siguiendo las hue­llas de la Vida de San Pelagio del sacerdote Ragüel; «La caída y la conversión de Teó­filo, vicario», en 455 hexámetros, sacado de la versión latina de Pablo, diácono de Nápoles (876 aprox.), del texto griego de Eutiquiano (siglo VI) y por algunos mo­dernos considerada como una de las más antiguas versiones poéticas de la leyenda del Fausto (v.); los últimos ocho versos, completamente distintos de los precedentes, invocan la bendición celestial para la mesa, y por esto hicieron suponer que las poesías de Rosvita eran leídas en el refectorio monástico antes de la comida.

A esta pri­mera serie de cinco poemas la monja añadió después otras tres composiciones, acompa­ñadas también de una humilde dedicatoria en verso a Gerberga: «Basilio», en 264 he­xámetros, dieciséis de los cuales son un pre­facio de tono moral; leyenda ésta derivada de un episodio de la vida apócrifa de San Basilio, atribuida a Anfiloquio, traducida al latín por el subdiácono romano Urzo (IX); «La pasión de San Dionisio, ilustre mártir», en 266 hexámetros, versificación de la Vida de San Dionisio escrita por Hilduino (siglo IX), en la cual el apóstol de Francia y el Areopagita están confundidos en una sola persona; «La pasión de Santa Inés, virgen y mártir», en 459 hexámetros, con un prólogo en alabanza de la castidad, tomada de una obra del pseudo Ambrosio. Finalmente, hacia 962, Ros vita reunió en una colección única las ocho leyendas, y fiada en su «no poco diligente fatiga» las confió a un público más vasto, al gran pú­blico de los doctos, fuera del «área de su cenobio», anteponiéndoles un prefacio en prosa con una muestra de agradecimiento para la sapientísima y benignísima «primera- maestra suya», Rikkardia, y también para Gerberga, la constante «real» patrona de su musa.

Esta introducción, verdaderamen­te penetrada de serena sencillez monacal, donde todo es deferencia, devoción y ex­cusa, nos ofrece elementos en extremo preciosos para una cumplida valoración de la poetisa y de su obra. En realidad no se puede decir que haya faltado a Rosvita «el talento de su corto ingenio», que ella, como buena religiosa, tiene escrupulosa concien­cia de haberle sido otorgado y que quiere mantener alejado «del moho de la pereza y de la negligencia»; aquel talento que le hace decir de sí en otra parte: «Clamor válido de Gandersheim», aunque ella misma puede dudar «de conseguir duplicarlo un día negociando». Lo que le faltó segura­mente, por su propia confesión, fue «la doc­trina», la técnica espontánea y natural del verso que no pudo o quizás no quiso obtener de la escuela, lo que para un poeta medieval, frío e insensible ante la cantidad y la medida, era siempre elemento indis­pensable de vida.

Desde las primeras ense­ñanzas que recibió, la estudiosa se redujo a escribir «a escondidas de todos y casi furtivamente», lejos del estudio metódico, riguroso, atento, de los modelos clásicos, como ocurre en otros poetas también del siglo X, ateniéndose sobre todo, en la escasa originalidad de su producción, a la Biblia, a los textos hagiográficos, a vidas de san­tos y a las actas de los mártires, a menudo fantásticas y legendarias, adecuadas a su inclinación a lo maravilloso y a lo irrazona­ble. Por lo que ella — más que nunca «sexo más frágil y de menor cultura» — estuvo sujeta al «sudor de la solitaria composi­ción», al frecuente y fatigoso trabajo de la lima, al difícil reconocimiento de la canti­dad de las sílabas, al esfuerzo extremo de la penosa poesía métrica.

La artificiosidad reina, pues, en los poemas de Rosvita, en los cuales el verso puede avanzar a fuerza de fastidiosos puntales (algunos adverbios especialmente y conjunciones y palabras en sitios fijos) eternamente repitiéndose; de diminutivos que no lo son ya; de la com­placiente ayuda de la rima leonina, predi­lecta de los períodos de decadencia. Y con todo, estas leyendas de la monja de Gandersheim ofrecen algunos trozos de verda­dera inspiración poética brotados de un alma para la cual todo es bello y delicado, dé un mundo lejano que todo lo considera penetrado de una uniforme, superior bon­dad, lejos del triste contacto con el mal, y las pobres miserias de los hombres. Y aunque su cultura no se muestra muy profunda, con todo, Rosvita nos ha dejado los recuerdos de sus lecturas de escritores paganos y cristianos; de aquellos «autores» que quizás Gerberga, «menor en edad, mayor en la ciencia», había revelado a su discípula: Terencio, Virgilio, Estacio, Ovi­dio, Prudencio, Sedulio, Boecio. Y precisa­mente la poetisa se apoyará en Terencio cuando se ciña a su obra mejor: los Dra­mas (v.).

G. Baldini