Libro de versos de Rubén Darío. (1867-1916) publicado en 1910. El libro se abre con una invitación del poeta a gozar de la vida porque «…la vida es bella,/por poseer/la perla, la rosa, la estrella/y la mujer».
La muerte es precisamente un estimulante para la vida («Gozad del sol, de la pagana/luz de sus fuegos;/gozad del sol, porque mañana/estaréis ciegos;/gozad de la celeste armonía/que a Apolo invoca;/gozad del campo, porque un día/no tendréis boca;/ gozad de la tierra que un/bien cierto encierra; /gozad porque no estáis aún/bajo la tierra»). La vida es un alegre botín que se magnifica y la mujer es la cumbre de todos los halagos para el poeta. El tema del «carpe diem» es invocado — «Cojamos la flor del instante…» — con una ambientación pagana y exótica muy adecuada para expresar lo que para Rubén constituyó la obsesión de su vida íntima: el amor en su aspecto de erótica sensualidad. Su erotismo se hace también ligero, y así canta a la marquesa Rosalinda junto a su clavicordio, a Margarita cuando «…está linda la mar,/ y el viento/lleva esencia sutil de azahar…», a la bella niña del Brasil «la pequeña Ana Margarida».
En Poema del Otoño y otros poemas, Rubén Darío expresa también una honda melancolía fruto de su impotente deseo de espiritualidad. Así en La Cartuja: «¡Ah, fuera yo de esos que Dios quería/ y que Dios quiere cuando así le place,/dichosos ante el temeroso día/de losa fría y Requiescat in pace!». El amor —fuente de goces — aparece como la raíz de una trágica lucha entre la pagana vitalidad del poeta y el ascetismo cristiano. En «Los motivos del lobo» el poeta canta al «mínimo y dulce Francisco de Asís» que predica al hermano lobo. Y cierra el libro una composición a las boleras mallorquínas. Gracias a Rubén Darío se supera el prosaísmo y el descuido de la forma con un culto a la belleza de tipo sensorial; de lo cotidiano se pasa a lo exótico, a lo refinado. En su lenguaje poético los valores cromáticos y musicales alcanzan la máxima eficacia.
Ahí está para atestiguarlo la profunda renovación del léxico operada por él con voces arcaicas y atrevidos neologismos. Sus mayores logros se hallan en el terreno de la métrica gracias a un formidable instinto del ritmo y haciendo uso de una absoluta libertad; de ahí las tan diversas combinaciones estróficas o rítmicas que emplea. Rubén Darío interesa ante todo por la riqueza formal de su obra. En el campo de lo musical y de lo plástico es donde hay que buscar sus mayores aciertos. El predominio de lo decorativo es lo que justamente limita el valor lírico de su obra, pero con todo Rubén Darío queda como uno de los más eficaces renovadores de la poesía española.
J. M.a Pandolfi

