El Poema del Ródano, Frédéric Mistral

[Lou Pouémo du Rose]. Poema provenzal en doce can­tos de Frédéric Mistral (1830-1914); publi­cado en 1897, es su última obra maestra. Tras la majestuosidad épica y la solemne sencillez de Mireya (v.), después de la ma­gia pintoresca de Calendal (v.), el anciano poeta adopta aquí un tono admirablemen­te delicado y apasionadamente elegiaco para cantar la vida del Ródano, que es como el numen regional de la Provenza.

El gran río es el verdadero protagonista del poema: ondoso y pérfido, cargado de todas las anti­guas memorias y de la vivaz laboriosidad de aquel país. Los marineros del Ródano están, por antiquísima tradición, reunidos en corporaciones: y la más famosa sigue siendo (estamos en los primeros decenios del 1800) la de Condrieu, que acostum­bra elegir cada año un «rey del Ródano». El rey aquel año es el viejo y prudente maestro Apiano, el cual efectuará el acos­tumbrado viaje a la gran feria de Beaucaire. Bajando por el río, le pide hospita­lidad en su nave que guía el gran convoy (la rápida «Caburle»), nada menos que un príncipe, Guillermo de Orange (Aurenjo), hijo del rey de Holanda, que ha huido de las insidias, del lujo y de los placeres, de París, y quiere recobrar su temple en el país que en otro tiempo fue origen de su familia.

El príncipe sueña en el río un mítico amor, «la flor viviente de las antiguas Náyades», y piensa haberlo en­contrado en la bella Anglora, una busca­dora de pepitas de oro en las arenas del río., que sube a la nave en Malatra, para ir a la gran feria. También ella había ima­ginado como en sueños un fabuloso dra­gón que, según se decía, habitaba en lo profundo de las aguas. Así, cada uno de los jóvenes halla en el otro el soñado ideal y nace el amor entre ellos. Pero al volver de Beaucaire, remontando el río contra la corriente caudalosa, el maestro Apiano ve destrozada su nave por el primer buque de vapor, que firme en su derecho, no ha querido cederle el paso. El «Caburle», lan­zado por la corriente contra la pilastra de un puente, naufraga; los marineros se sal­van, pero no pueden impedir que el prín­cipe y la bella Anglora sean presa del río.

La muerte del príncipe soñador (en el cual Mistral ha fijado de manera curiosa algunos rasgos de un Guillermo, hijo de Guiller­mo III, rey de Holanda, que vivió y murió en París en 1879) y de Anglora. como el naufragio del glorioso «Caburle», aluden cla­ramente al melancólico fin de las antiguas fábulas y de la vida tradicional del río, ante las crueles novedades del progreso. Pero la alegoría no se sobrepone aquí como tal vez en Calendal y demasiado a menudo en Reina Juana (v.), a la inmediatez de la visión artística, con la cual, por el contra­rio, se halla perfectamente fundida. Fábu­las y hechos, personas y paisajes, quedan igualmente adaptados al ritmo sosegado de la composición, la cual se desenvuelve como un gran fresco, de los que llenaban, un tiempo, todas las paredes de una sala inmensa.

Las escenas se desenvuelven a lo largo del Ródano, en el curso de la mágica navegación, en cuadros, algunos de los cua­les se han hecho justamente célebres (la aparición de las torres de Avignon, entre las rojas lumbres del ocaso, y el gran puen­te del Espíritu Santo, con el tabernáculo de San Nicolás, al pasar bajo el cual, el maestro Apiano se persigna y bendice el Ródano): de manera que, en este aspecto el hechizo poético queda plenamente rea­lizado.

M. Bonfantini