Platero y Yo, Juan Ramón Jiménez

Narración lírica del poeta español Juan Ramón Jiménez (1881- 1958), publicada en 1914. En ciento treinta y ocho capítulos breves (existe una edición reducida para niños, que sólo cuenta con cincuenta y siete capítulos) nos brinda el autor la deliciosa historia de un borriquillo, Platero, al que llega a convertir, con magia de gran escritor, casi en un personaje legen­dario.

Platero y yo es hoy un libro clásico en la literatura española de su género, y su popularidad anda a la zaga de la de los cuentos de Andersen y de Grimm, de Peter Pan y Wendy (v.) o de Alicia en el país de las maravillas (v.). Es curioso observar que, con motivo de habérsele concedido el Premio Nobel, Platero y yo ha sido el libro de Juan Ramón que más se ha citado, hasta en los medios populares, y, naturalmente, en las escuelas. Libro para niños, en la línea del Pequeño príncipe (v.) de Saint-Exupéry, pero en el que los mayores encontrarán qui­zá más sabor y hondura. En una «advertencia a los hombres que lean este libro para niños» el autor escribe: «Este breve libro en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para… ¡qué sé yo para quién…! para quien escribimos los poetas líricos… Ahora que va a los ni­ños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien! Dondequiera que haya niños — dice Novalis— existe una edad de oro.

Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el cora­zón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca…». La personalidad de Juan Ramón Jiménez nació en la encru­cijada de dos mundos literarios: modernis­mo y novecentismo. De aquí que en su obra se rastree con claridad la transición de una sensibilidad a otra. Platero y yo pertenece a la etapa modernista. Las Sonatas de Ra­món del Valle Inclán (v. Memorias del mar­qués de Bradomín) y en especial las Prosas profanas (v.) de Rubén Darío, sin olvidar las Leyendas (v.) de Bécquer, están en la raíz de esa delicada y aérea prosa. Nos encontramos en la época en que triunfan una serie de poetas con indudable acento lírico pero de ímpetu menor, como Emi­lio Carrére, Salvador Rueda, Villaespesa, cuyo renombre y cuya popularidad aún perduran en algunos sectores que aspiran a cultivarse aprendiendo a recitar las poe­sías de aquellos poetas.

El romanticismo ha llegado a su cumbre máxima. Parece que se han cerrado todas sus salidas. Pero luego, y salvando la transición del novecentismo que reacciona contra lo ro­mántico, volverá a surgir, bajo un nuevo disfraz y como un travieso Guadiana, en la fuerza explosiva y destructora de los movimientos de vanguardia. Platero y yo es la quintaesencia de toda una escuela casi decadente. Valbuena ha dicho de este libro que representa la extrema punta de la estilización de las corrientes románticas. Exquisita, virtuosa, formalista sin retórica, envuelta en un vago panteísmo, esta prosa es pura poesía y es poesía pura. Nada sobra en ella, con un gusto sin tacha y un idioma preciso y evocador hasta el conjuro; sin duda fue escrita en una hora feliz. Con una asombrosa variedad de adjetivos Juan Ra­món expresa toda la gama de cualidades, colores y facetas de las cosas y de los pai­sajes: «Yo me quedo extasiado en el cre­púsculo.

Platero, granas de ocaso sus ojos negros, se va, manso, a un charco de agua de carmín, de rosa, de violeta; hunde sua­vemente su boca en los espejos, que parece ‘que se hacen líquidos al tocarlos él; y hay por su enorme garganta como un pasar pro­fundo de umbrías aguas de sangre». Este bello ejemplo de prosa modernista parece escrito por un Cézanne poeta. Los elementos visuales se mezclan con el ritmo, las metá­foras y los símbolos y crean, así, una es­tampa perfecta. Aquí los ojos de Platero son «granas de ocaso», en otro pasaje eran- «espejos de azabache». La importancia de la metáfora es muy grande en estos poemas en prosa. Su poder creador y energético permite descubrir y realzar los valores es­condidos de las cosas pequeñas, casi ínfi­mas. La rapidez cinematográfica del libro es patente en breves cuadros de composi­ción de paisajes; «La luna viene con nos­otros, grande, redonda, pura.

En los prados soñolientos se ven, vagamente, no sé qué cabras negras, entre las zarzamoras… Al­guien se esconde, tácito, a nuestro pasar… Sobre el vallado un almendro inmenso, níveo de flor y de luna, revuelta la copa con una nube blanca, cobija el camino asae­teado de estrellas de marzo… Un olor penetrante a naranjas… Humedad y silencio… La cañada de las Brujas…» A la muerte del borriquillo dedica el autor un hermoso epitafio que titula «A Platero en el cielo de Moguer» y termina diciendo: «Sí. Yo sé que, a la caída de la tarde, cuando, entre las oropéndolas y los azaha­res, llego, lento y pensativo, por el naran­jal solitario, al pino que arrulla tu muerte, tú, Platero, feliz en tu prado de rosas eter­nas, me verás detenerme ante los lirios que ha brotado tu descompuesto corazón». Juan Ramón, independiente de todos los ismos, pero atento a ellos, creó una nueva sensi­bilidad que ha dejado su rastro llameante en medio siglo de poesía española.

A. Manent