Platea, Jacques Autreau

[Platée]. Comedia-ballet en tres actos y un prólogo de Jacques Autreau y música de Jean-Philippe Rameau (1683- 1764). Después de Dardanus (1739), Rameau interrumpió por algún tiempo su actividad de compositor teatral; publicó, en 1741, las Piezas para clavicémbalo (v.), que confir­man la vitalidad y la lozanía de sus ideas musicales. Una obra de circunstancias, por invitación de la corte de Versalles, deter­minó su retorno al teatro: La princesa de Navarra, con texto de Voltaire.

El éxito que esta comedia-ballet obtuvo en 1745, en el teatro de la «Grande Écurie», hizo de Rameau el músico de moda; en lo sucesivo no se dará fiesta en la corte sin que se le invite a componer un «divertimento» para la ocasión. Así nació, en el mismo año 1745, Platea, otra comedia-ballet, aunque neta­mente distinta de la anterior, La princesa de Navarra. Aunque en esta última había dado un primer paso hacia lo cómico, éste que­daba todavía asociado a elementos que correspondían al género «trágico». Platea no es ya tanto comedia como farsa: lo cómico llega aquí a la burla, a la caricatura.

La ninfa Platea con su cortejo de ranas y sus desventuras, los celos de Juno y la figura de Júpiter disfrazado de asno, ofre­cen al compositor la posibilidad de ensa­yar un género de música no experimen­tado todavía. Al poner música a un asunto tan nuevo para él, Rameau revela una ver­satilidad insospechada; la frivolidad del auditorio cortesano para el cual trabajaba no fue excusa para salir del paso con fáciles expedientes ni soluciones triviales, sino que le sugirió una obra llena de inge­nio, de vivacidad, de hallazgos instrumen­tales, que nunca hubiera hecho de limitarse a trabajar para la severa escena de la ópera. Por lo demás, Platea fue ejecutada más tar­de (1749) en el teatro de la ópera, pero como cosa excepcional, es decir, por ser una obra representada ya ante la corte.

Como hace notar Pruniéres, esta página sin­gular de un «pensador melancólico» y ya no joven, es verdaderamente sorprendente: el músico, saliendo del cuadro de farsa del libreto, se eleva a veces a un nivel de parodia «épica». Las mismas indicaciones usadas para la interpretación parecen anun­ciar con siglo y medio de antelación las de un Erik Satie: «en gracieusant», «en pédalant», «en faisant l’agréable», «à demi jeu», etc. Los instrumentos de la orquesta se dis­ponen en curiosas actitudes descriptivas; las flautas imitan al cuco, los oboes y los violines recuerdan el croar de las ranas, mien­tras los coros cantan entre bastidores. Esta obra constituye un auténtico ejemplo de la ductilidad del pensamiento francés; recuer­de la frase de Voltaire, de que es natural que también un gran hombre sepa de vez en cuando dejar lo sublime por el tono bur­lón y ligero.

L. Córtese

Ramean ha hecho de la música un nuevo arte. (Voltaire)

Su espontaneidad es tan maravillosa, que no le molesta lo más mínimo el hallarse trabado. Se levanta, danza, se apasiona y llora en el palacio que ha elegido, y se nos da entero en sus limitados juegos, sin pensar siquiera en librarse de una con- tricción de la que no puede darse cuenta. (Rivière)

Rameau es uno de los más originales in­novadores de todos los tiempos. De modo absolutamente personal, ha creado una obra de arte que combina y unifica poesía, ac­ción, solo, coro y orquesta; una realiza­ción que ha de ser considerada como una de las mayores conquistas del arte drama- ticomusical(K. Nef)