Pietas Victrix o Flavio Constantino Magno, Vencedor del Tirano Magencio, Nicola Avancini

[Piétas Victrix, sive Flavius Costantinus Magnus e Masenzi Tyranno victor]. Drama del je­suíta Nicola Avancini (1612-1686), dividido en cinco actos y compuesto de cerca de tres mil versos en buen latín. Fue represen­tado en Viena en los «ludi cesarei» de 1659.

Más que en la acción dramática se basa en la certidumbre apriorística y dogmática de la «pietas victrix»: la religiosidad triunfan­do de la impiedad. El color político está dado por la ecuación impiedad-tiranía, mientras la religiosidad es sinónimo de go­bierno justo en cuanto ejecutor de la vo­luntad divina. Es evidente la alusión al ca­tolicismo, entonces triunfador en la guerra de los Treinta Años. La acción se desarrolla entre Flavio Constantino y Magencio por la posesión de Roma. Precedido por la profecía de los apóstoles Pedro y Pablo sobre la victoria de Constantino, el drama puede considerarse, sacrificando oratoria y dialéc­tica, tan apreciadas empero por el teatro barroco, como resuelto a priori; la secuen­cia de las escenas y la sucesión de los acon­tecimientos sólo pueden conducir al «quod erat demonstrandum» de la victoria final.

Por ello en vano recurre Magencio a las ar­tes mágicas de Dinantes, que invoca incluso a los monstruos infernales para llevar la confusión al ejército de Constantino: los sa­grados lábaros que éste envía a su encuen­tro los obligan a refugiarse en el Orco. Y en vano recurre también a la astucia del puente de madera sobre el Tíber para que Constantino se precipite en él: será, por el contrario, él mismo, Magencio, la víctima con todos los suyos. Pues «et insanae ambitionis et crudelis tyrannidis exitus semper est funestus». Así triunfa la «Pietas». En el drama no falta el aparato de las formas y figuras preferidas por el barroco, como las iconologías de la «Providentia», «Pietas», «Consilium», «Industria», «Impietas», etc.: incluso los actos segundo y tercero termi­nan con combates propiamente dichos entre «Pietas» e «Impietas».

No falta ni siquiera la escena melodramáticamente patética entre Máximo y su hijo Selio, reconocido como tal únicamente cuando, en manos del enemigo, se mata ante los ojos de su padre. Ni tam­poco falta el elemento áulico en la plegaria final de Santa Elena a la Virgen para que el Imperio Romano, después de la muerte de Constantino, pase a los germanos para per­petuarse al fin en los austríacos.

S. Lupi