Piezas Agradables y Desagradables George Bernard Shaw

[Plays Pleasant and Unpleasant]. Bajo este título general, el dramaturgo inglés George Bernard Shaw (1856-1950) reunió, en 1898, cierto número de sus comedias. En las Piezas agradables encontramos: Las ar­mas y el hombre (v.), Cándida (v.), El hom­bre del Destino (v.).

Piezas desagradables comprenden: Non Olet o el dinero no tiene olor, El amado de las mujeres y La profe­sión de Mrs. Warren (v.). Las Piezas agra­dables, aunque sarcásticas, son sonrientes, sin esa causticidad fustigadora que nos hace salir del teatro con un molesto senti­miento de culpabilidad (después de haber visto Non Olet o La profesión de Mrs. Warren), aunque no nos alcance sombra de responsabilidad en la historia de un tugurio o en la de la caída de una mujer. La carrera de Bernard Shaw, así como las circunstan­cias que lo llevaron al teatro, merecen ser referidas. Tras vacilantes comienzos en la prosa narrativa, y después de haber im­puesto^ tanto en la tribuna como en la prensa, su inquietante y diabólica persona­lidad, socialista e individualista, ponien­do de relieve toda hipocresía, rompiendo los cristales del convencionalismo y lanzan­do sus disparos en todos los mares de la política, la economía social y el pensa­miento conformista, Shaw se vería impul­sado, casi sin quererlo, al teatro por su misma naturaleza de polemista que encuen­tra su auténtica forma expresiva en la pa­labra hablada^ mejor que en la escrita.

Vemos, así, cómo casi todas sus obras se constituyen en verdaderas batallas, en don­de algunos de los aspectos de nuestra pro­visional civilización se nos presentan en libertad. Unas veces se trata de problemas políticos y gubernamentales — La segunda isla de John Bull, La casa de los cora­zones rotos, El carro de las manzanas—, otras de cuestiones religiosas — Androcles y el león (v.), Santa Juana (v.)—y en oca­siones de los problemas de la familia o del matrimonio — Fascinación (v.), Cán­dida (v.) Boda y Casorio —, de la pros­titución como fenómeno económico — La profesión de Mrs. Warren —, etcétera. La existencia de cada ser humano se revela demasiado corta para que pueda resolver los problemas que le plantea la vida de la co­munidad. Pero Shaw pone su fe en una «Evolución creadora» que permitiría a la humanidad realizar sus posibilidades por poco que el hombre se encuentre con razo­nes lo suficientemente fuertes para abolir la guerra y demás miserias que se oponen a la «Fuerza de la Vida».

El hombre puede salvarse si logra persuadirse de que lucha por una idea poderosa — Hombre y super­hombre (v.), Volviendo a Matusalén (v.) — y esta poderosa idea es la «pasión moral», que conduce a los personajes heroicos o simplemente virtuosos de Shaw — El dis­cípulo del diablo, La comandante Bárbara (v.) y El auténtico Blanco Posnet —. De espíritu centelleante, pleno de paradojas y cínico porque el mundo de los hombres es así, el teatro de Shaw sigue un método socrático. El autor no se aleja mucho de los personajes. He aquí uno de los secretos de su fuerza; él nos analiza el problema y nos brinda las consecuencias, incluso cuando no puede llegarse a una conclusión por ser irreconciliables e igualmente válidas las tesis en pugna. Corrientemente, Shaw suele subrayarnos estas opiniones en los brillan­tes, cáusticos y combativos prólogos de sus comedias o conjuntos de piezas. Shaw, reno­vador del teatro inglés, se alza como uno de los grandes dramaturgos de nuestra épo­ca, habiéndosele clasificado como el «Moliè­re del siglo XX», aunque las cualidades de su espíritu le revelan más afín a Voltaire. *