Philobiblon, Richard Aungervyle

Es un opúsculo latino, consagrado a la alabanza del libro, que puede ser considerado como la obra más antigua de bibliofilia que nos ha dejado la Edad Media. Es, además, «una autobiogra­fía y un testamento, el único texto que ha llegado hasta nosotros y quizá también el único de cierta importancia nacido de la pluma de su autor».

Parece que éste fue el hijo de sir Richard Aungervyle, Richard llamado «de Bury» de la ciudad de Bury St. Edmonds, donde nació el 24 de enero de 1287, y no Robert Holkot, como se ha sos­tenido erróneamente. Terminados sus estu­dios en Oxford, Richard fue sucesivamente obispo de Durham, gran canciller y des­pués tesorero de Inglaterra durante el rei­nado de Eduardo III, y fundador de la bi­blioteca oxoniense. En la corte pontificia de Aviñón, donde desempeñó el cargo de em­bajador, conoció a Petrarca, el cual en una de sus cartas (Rer. fam., III, 1) lo cita y lo alaba como «vir ardentis ingenii nec literarum inscius», palabras repetidas por todos los biógrafos que con ellas han creí­do dar mayor autoridad a la atribución de De Bury.

Murió en 1345, probablemente el día 14 de abril, casi tres meses después de haber dado fin a su trabajo, a la edad de cincuenta y ocho años. La pasión que el autor confiesa tener por los libros fue de-, finida por Dibdin con el nombre de bi­bliomanía, definición repetida por Ludovic Lalanne. Ciertamente en su Philobiblon, Ri­chard de Bury no se recata de manifestar­nos su gran amor por los códices y por los «volumina», sea en las alabanzas que les tri­buta a partir del primer capítulo, donde les otorga sólo el valor de posibilidad para la posesión de la verdadera sabiduría, ya sea por las cantidades que en el tercer capítulo establece que deben pagarse para su adqui­sición. Richard personifica los libros y les hace hablar y lamentarse: contra los clé­rigos ya investidos en el sacerdocio (IV) y contra las guerras (VII); lanza diatribas contra los religiosos poseedores de bienes (V) y contra los religiosos mendicantes (VI) que no saben amar y valorar los libros de las bibliotecas.

Cuando trata de los bene­ficios espirituales que nos ofrecen los libros (XV) adquiere un tono más lírico, para­fraseando y ampliando el famoso pasaje del Pro Archia de Cicerón; y se manifiesta con cierta violencia humorística, poco frecuente en los escritores medievales, cuando (XVII) ataca a los que no usan los libros con el debido respeto. Las normas que da acerca de su préstamo pueden todavía sernos úti­les (XIX). Es conmovedora la despedida al lector y la invitación a los estudiosos a que hagan celebrar sufragios por su alma cuando ésta haya abandonado la morada terrena (XX). El Philobiblon fue muy cono­cido durante el siglo XV por los códices que se divulgaron en el siglo siguiente a la muerte de su autor. La primera edición impresa, que puede llamarse «editio prin­ceps», es la de Colonia, de 1473. Después de siglos de silencio, el texto fue reedi­tado en Estocolmo en 1922. Hasta fines del siglo XIX la figura y la obra de De Bury no han sido objeto de profundos y serios estudios por parte de filólogos americanos, ingleses y alemanes. Existen traducciones completas a las principales lenguas euro­peas.

G. Viggiani