Pelléas et Mélisande, Claude Debussy

Ópera de Claude Debussy (1862-1918) musicada directa­mente sobre el texto original del drama en cinco actos de Maurice Maeterlinck (1862-1949), publicada en 1892 y estrenada en París («Opera Comique»), en 1902.

Golaúd, sobrino del viejo Arkel (rey del reino imaginario de Allemonde), se ha perdido en el bosque persiguiendo a un animal herido, y divisa a Mélisande que llora a la orilla de un arroyo. Ha huido, pero no dice de dónde; se le ha caído una corona en el agua, pero no quiere que se recupere. Golaud la lleva consigo y ella consiente en seguirle. Pasado algún tiempo en el cas­tillo, mamá Genoveva lee al viejo Arkel la carta que Golaud escribe a su hermanastro Pelléas; no sabe de Mélisande nada más que lo que ya conocía cuando la encontró, pero volverá si el abuelo consiente en aco­gerla como a una hija.

Arkel aprueba: Go­laud es juicioso, ha quedado viudo y con el pequeño Yniold, y está muy bien que vuelva a casarse. Así, se encuentran Pelléas y Mélisande: por primera vez en el jardín, delante del castillo, después en la fuente milagrosa que devuelve la vista a los cie­gos. Están juntos serenamente mientras ella juguetea con su anillo nupcial; pero de pronto el anillo se le escapa, y cae en el agua profunda, y precisamente en aquel mo­mento, en el bosque, el caballo de Golaud se desboca y empuja a su jinete contra una rama baja, en la que se golpea la frente. Ahora Golaud yace en cama acompañado de su esposa. En la mano que él acaricia ya no está el anillo y Mélisande miente por primera vez, diciendo que lo ha perdido en cierta gruta, junto al mar.

Golaud está in­quieto : que vaya a buscarlo en seguida a pesar de ser ya de noche; que la acompañe Pelléas, si quiere, pero que no deje de ir. Aquel anillo tiene un poder, ¡ ay de ella si lo pierde! Los dos cuñados van a bus­carlo a pesar de saber que es inútil cuanto hagan. Una noche, mientras Mélisande can­ta junto a su ventana y ha soltado sus cabellos rubios y maravillosamente largos, Pelléas, desde abajo, se para a conversar con ella y abraza aquellas vivas guedejas que le inundan el rostro y el corazón. Asílos sorprende Golaud y sonríe. ¡Qué chi­quillos! Pero algo comienza a pesar sobre los tres, la mano de Golaud tiembla* cuando acompaña a Pelléas a los subterráneos del castillo y cuando, de nuevo al aire libre, con voz entrecortada advierte a su hermano que no juegue con Mélisande.

Ya el cora­zón de Golaud es roído por los celos. En­tonces Pelléas decide partir y se encuentra por última vez junto a la fuente con Méli­sande. Allí la palabra fatal es pronunciada: se aman. Y por primera y última vez, se abrazan. Golaud salta de las sombras, mata a Pelléas con su espada y hiere lige­ramente a Mélisande. Mélisande muere al dar a luz otra pequeña desventurada. Y Golaud, en vano, sollozando, la interroga para saber si ella ha pecado. En el drama de Maeterlinck no predomina la voluntad humana, sino el destino que oscuramente guía los acontecimientos, preordenándolos con alusiones que brotan, como fatales exi­gencias, del tejido de la vida.

Cuando Debussy leyó el Pelléas de Maeterlinck tuvo la intuición inmediata de haber encontrado finalmente el libreto que hacía años andaba buscando: el drama del poeta belga, de factura estrictamente simbolista, venia en efecto a coincidir con las tendencias del maestro francés, que se habían precisado por medio de la poesía de Verlaine y en el cenáculo de Mallarmé; en Maeterlinck, Debussy encuentra, pues, aquel mundo de sentimientos, recatado y púdico, aquel sen­tido de una realidad existente más allá del velo de las apariencias, al que confiar lo mejor y más profundo de su arte. La ópera, en su redacción musical hace pensar, como otros trabajos de Debussy, en ciertas reali­zaciones al estilo del impresionismo pictó­rico.

La armonía pierde sus contornos pre­cisos, y se crea una indefinida fluctuación sonora llena de refracciones y de irides­cencias, en que las sucesiones sonoras tien­den a situarse como elementos independien­tes, no ligados entre sí por la lógica tradi­cional de las concatenaciones armónicas. En esta atmósfera, el canto se inserta como una móvil declamación en un subseguirse de breves incisos melódicos, muy pareci­dos a la forma clásica del «arioso». Por su parte la orquesta interviene en la economía sonora de la obra con una parsimonia extre­mada, cualitativa y cuantitativamente, diri­gida a destacar los matices más fugitivos del drama, en que las almas de los prota­gonistas siguen los repliegues de un ignoto destino.

Pero no vaya a creerse que el Pel­léas sea obra exangüe y enfermiza, porque cuando se precisa una violencia, emergen acentos de un vigor dramático incisivo e intensísimo. En la ópera, estos momentos son tres: el claro surgir de los celos en el alma de Golaud cuando manda espiar desde -la ventana a Pelléas y Mélisande, las insis­tencias de Golaud a Mélisande y, por últi­mo, cuando son sorprendidos los dos aman­tes y la muerte de Pelléas. Riquísimo en invención musical, aunque dosificada con una discreción extremada que no es una pobreza, Pelléas et Mélisande se debe considerar no sólo como el trabajo más repre­sentativo y profundo de Debussy, sino como una de las obras más perfectas y emocio­nantes del teatro musical.

A. Mantelli

Pelléas et Mélisande de Debussy pareció señalar en 1902 la fecha de la verdadera emancipación de la música -francesa. A par­tir de aquel momento, esta música se con­sideró definitivamente librada de la escuela alemana, y pretendió fundar un nuevo arte que reflejase el genio de la raza de una manera más flexible que el arte wagneriano.(Rolland)

Un músico sin fórmulas, en quien todo viene del alma; una música sin desarrollos ociosos, modelada sobre el drama, o mejor dicho, sobre la vida misma, de la cual las palabras del drama no son más que un pá­lido reflejo: una declamación sencilla y justa, una orquesta clara y contenida, una potencia de emoción irresistible. (L. Laloy)

No se sabe quizás bastante lo que fue Pelléas para la juventud que la acogió en su nacimiento, para los que tenían de die­ciséis a veinte años cuando apareció. Un mundo maravilloso, un paraíso muy amaido en el cual nos refugiamos contra todos nues­tros sinsabores… ¿Es que no representaba la verdadera obra maestra del simbolismo? (Rivière)