El conocimiento de la obra de Baquílides de Ceos (520-450 aproximadamente a. de C.), primero limitada a unos sesenta breves fragmentos, se aumentó singularmente en 1897, cuando de un papiro fragmentario descubierto en Egipto fueron publicadas 20 odas de este poeta.
No están íntegras todas; de algunas quedan pocos versos (20 de la cuarta, 16 de la sexta, 11 de la vigésima, etc.), y aun en otras partes el texto presenta lagunas y dificultades de lectura. Los primeros 14 son epinicios, esto es, cantos corales de diversa extensión (de los 16 versos del VI a los 231 del XIII), compuestos para celebrar victorias atléticas en las competiciones pan- helénicas (para Argeyo de Ceos, vencedor en los juegos ístmicos; para Gerón de Siracusa, vencedor con los caballos en las luchas olímpicas y píticas, etc.).
El esquema del epinicio baquilideo no se diferencia substancialmente del pindárico. El comienzo es proporcionado por la mención del vencedor, acompañado de las alabanzas suyas y de su ciudad. La lucha no es descrita, sino sólo recordada, generalmente con una sencilla alusión, alguna vez con algún toque más amplio.
La mayor parte de la poesía está dedicada a la exposición de un mito que tenga cierta relación genealógica, geográfica o sencillamente ocasional con el atleta celebrado. Mientras que en el mito, Píndaro persigue la solemne confirmación de los conceptos religiosos y morales que informan toda la oda, para Baquílides, menos sensible a aquellos problemas y menos inclinado a una reelaboración personal del patrimonio mítico, la leyenda es pretexto para una narración más graciosa que profunda.
Sólo en la oda X falta del todo la narración mítica. Al fin el canto se concluye generalmente con una reanudación de las alabanzas al vencedor. Las poesías más notables son la tercera y la quinta: la una evoca la leyenda de Creso, salvado por la intervención divina de la hoguera donde estaba a punto de quemarse con los suyos, para sustraerse a la servidumbre persa; la otra recuerda el encuentro ocurrido en el Hades entre Heracles y Meleagro, y la narración que hace Meleagro de su triste destino.
A los epinicios siguen seis composiciones conocidas con el nombre de ditirambos (cantos corales relativos al culto de Dionisos). En ellos se contiene exclusivamente la narración de un mito: la embajada de Ulises y Menelao a Troya para pedir la restitución de Helena; los celos que tiene Deyanira de Heracles; Teseo y Minos; Teseo y Egeo; las peregrinaciones de lo; la historia de Ida y de Harposa. Particularmente notable es el XVII, porque en él el unísono coral está dividido por un diálogo con evidente analogía con las formas de la poesía dramática; el rey de Atenas, Egeo, responde a los ciudadanos atenienses, que constituyen el resto del coro, los cuales lo interrogan acerca de las maravillosas empresas de un joven héroe en marcha hacia Atenas; y el otro no sabe todavía que se trata de Teseo, hijo del propio rey.
Pero entre los ditirambos el más interesante, por su perfección y la gracia de su narración, es el XVI: Teseo viaja en una nave hacia Creta, junto con Minos y los siete jóvenes y las siete muchachas que un cruel tributo destinaba cada año al Minotauro, y cuando Minos osa tocar a una de las muchachas Teseo se le encara alabándose de ser hijo de Neptuno; y cuando el rey de Creta lanza un anillo al mar, desafiándole a que lo traiga en prueba de aquel parentesco, él se arroja a las olas y desaparece. Pero cuando ya se le supone muerto, el héroe, acogido benignamente en los palacios submarinos, vuelve ileso a flor de agua, adornado por los dones de Afrodita.
Es característica de la manera de hacer de- Baquílides la tendencia a escoger el momento culminante de una leyenda y representarlo por sí mismo, sin. preocuparse de los antecedentes y el desenlace. Sus evocaciones son más ilustraciones que narraciones, y recuerdan, en sensibilidad y técnica, la pintura.
Un antiguo juicio, el del anónimo autor del tratado De lo Sublime (v.), definió a Baquílides como el representante de una impecable mediocridad. En realidad, Baquílides es una personalidad original: incapaz de concepciones geniales, elabora el material tradicional con refinamiento de artista, rico sobre todo en sensaciones visuales y de un gusto decorativo y estilizante.
Pero dentro de estos límites produce, especialmente con los ditirambos, joyas de exquisita factura, a las cuales el tiempo no ha quitado nada de su frescura. [Trad. española, en verso, de José Bernabé Canga-Argüelles (Madrid, 1796), incluida posteriormente en el volumen de Poetas líricos griegos (Madrid, 1898)].
A. Brambilla

