Occidentales, Joaquim Machado de Assis

[Occidentaes]. último li­bro de versos del brasileño Joaquim Machado de Assis (1839-1908), publicado en 1901 juntamente con Americanas, que ya lo habían sido en 1875 y que aquí fueron re- elaboradas y ampliadas.

Es la más represen­tativa de sus obras poéticas; su título es poco apropiado, y en ciertos aspectos pre­senta afinidad con Cordura (v.) de Verlaine, sin exasperaciones ni turbulencias, sino con muchas sonrisas entre alguna púdica lágri­ma. Después de la limpidísima prosa de sus novelas más importantes, Machado nos da aquí una limpidísima poesía.

Y si en Ame­ricanas había cedido a la elocuencia lauda­toria, en las odas a los grandes poetas brasileños que lo habían precedido, Alencar, Anchieta, Goncalvez, el autor de los Pri­meros cantos (v.), y al portugués Camoes, en esta última colección nos deja algunas obras maestras fundamentales: «Una cria­tura» [«Urna creatura»], «Círculo vicioso», «Mundo interior». Corrección extremada de lenguaje, pureza de estilo, perfección mé­trica.

Es moderno y escéptico, con aquel escepticismo refinado y puro, tan análogo al espíritu de Anatole France que, en la Sorbona, en el momento de la muerte del brasileño, ensalzó en él a un hermano digno de todo honor. Los temas caros al Machado de la madurez están claramente determi­nados por la plenitud de su sabiduría filosó­fica, por una concreta visión personal del mundo y de la vida humana, por una ori­ginal creencia en la bondad innata del uni­verso, a pesar de la corrupción que en él ha podido introducir el hombre.

Hay que recordar también como muy meritorias al­gunas traducciones del «Purgatorio» de Dante, admirables por su fidelidad y clari­dad. Su completa humanidad y la variedad psicológica del segundo canto atrajeron al brasileño por una especie de afinidad espi­ritual.

Y ciertas reminiscencias de la mara­villosa transparencia psicológica de este canto se advierten asimismo en las mejores composiciones de Occidentales; en «Círculo vicioso» por ejemplo, donde la luciérnaga dice: «Querría ser la rubia estrella/que cen­tellea en el eterno azul». Y la estrella, mirando a la luna: «Querría tener la muelle luz azul/contemplada por una hermosa ena­morada». Y la luna: «¡Ay de mí! ¿Por qué no soy el sol?». Y finalmente el sol: «Incli­nando su refulgente corona/suspiró a su vez: Me pesa/esta espléndida aureola divina./Me cansa esta inmensa bóveda estre­llada./¡Ah, ser una simple luciérnaga!».

La ironía se tiñe aquí de profunda poesía. Un espíritu afín a Heráclito alienta en «Una criatura», que es la vida misma, vista en sus multiformes aspectos, con fuerza evo­cadora y sinfónica sonoridad: «Conozco una criatura, antigua, y formidable/que se de­vora con hambre insaciable./Está presente en todo lo que crece y respira/ella corrom­pe la flor, después de haber dado el fruto./ Pero obedece a una ley fatal en su/hacer y deshacer,* terminar y empezar./Ella, son­riendo, trabaja y se dirige a un fin./Tú di­rás que es la Muerte. Yo digo que es la Vida».

En «Mundo interior» nos deja una deliciosa página dedicada a su corazón, a su hora secreta de memorias y afectos, es­peranzas y desilusiones, purificada por inex­tinguible sabiduría: «Hay un viejo país, lleno de sombra y de luz/donde se sueña de día y se llora de noche/nacido para la duda y la esperanza./Se va a este país de miseria y de embriaguez/pero apenas se vislumbra cuando ya, miedosos, salimos;/lo habito yo solo, paso en él mi vida./¡Ay de mí, aquel país es mi corazón!». Después de muchas experiencias métricas predomina en Occidentales el verso libre, del que Machado de Assis fue maestro. Pero lo que predomina también es su indiscutible genio de poeta de primerísimo orden.

U. Gallo