Colección de páginas epistolares y autobiográficas de Federigo Tozzi (1883-1920), publicada en 1925 como «diario» por su viuda Emma. La introducción y las notas aclaran algunos puntos de la obra que, en su conjunto, parece la confesión de una formación espiritual.
Estas cartas, o pasajes esenciales de cartas, están dirigidas en 1902-1903 a una desconocida Annalena, y en 1906-1908 a su futura esposa, que algunos biógrafos quieren reconocer en la misma Annalena. Es un mundo de afirmaciones juveniles, rico de fermentos, esperanzas, desengaños; el escritor expresa su deseo de salir de la mediocridad y abarcar la vida en su plenitud. Aunque revelando sus inclinaciones hacia D’Annunzio y los principales autores de la época romántica, Musset y Poe, con un sentimentalismo de apariencia a veces morboso y sutil, Tozzi confiesa que va buscando una luz nueva, tanto en el arte como en la vida.
La substancia de sus lecturas todavía sin disciplinar, el contacto con la dura realidad de todos los días y las aspiraciones a un mundo más armónico de arte y pensamiento, se mezclan en estas páginas documentales en un conjunto de desahogos, sueños y nostalgias. Importante es, sin embargo, la manera con que Tozzi contempla su vida, con curiosidad, aunque también con dolor y desdén; a veces hasta con una complacencia estudiada que se podría llamar literaria.
La individualidad del escritor se forma en el conflicto con su familia (especialmente con su padre), en el odio hacia todos los demás, en el deseo de amor y sinceridad, en el malestar de una vida escolar y familiar llena de desorden; sus suspensos en el colegio, la oposición para entrar en los Ferrocarriles, la muerte de su padre.
Hay en esta atmósfera convulsa un íntimo vínculo con sus obras posteriores; una inquietud a duras penas apaciguada por la creación, una continua búsqueda de sí mismo y de la propia fe. Motivos trepidantes y angustiados, entre fines de un siglo y principios de otro, que se anunciaba con el presagio de una necesaria y laboriosa renovación.
O. Cordié

