La Nouvelle Revue Française, Jacques Copeau

Revista parisiense, iniciada en febrero de 1909 bajo la dirección de Jacques Copeau, André Ruyters y Jean Schlumberger, con un programa independiente tanto en lo que respecta a las doctrinas literarias, políticas y religiosas, como frente a la tradición na­cional y sus autores más célebres.

Un nú­mero de la revista, no incluido en la co­lección, había aparecido el 15 de noviem­bre de 1908, con colaboraciones de Copeau, Léon-Paul Fargue y Henri Ghéon, bajo el patrocinio de André Gide y Eugène Montfort. Aun con notable libertad de inspira­ción, los colaboradores de la revista se mantuvieron fieles a ciertas concepciones: la libertad de la creación artística, la supe­ración del Simbolismo (v.), en particular según las nuevas necesidades de la novela y del teatro, la lucha contra los gustos «burgueses» del público.

Sintiendo la ne­cesidad de una moral literaria verdadera­mente rigurosa — especialmente por obra de Gide y de Schlumberger, educados en el protestantismo —, las reseñas críticas adaptaron muy pronto una actitud mora­lista que quedó como rasgo distintivo y echó las bases de una renovación que cui­dando de no encerrarse en los dictámenes de ninguna escuela, resultó fecunda en iniciativas y desarrollos. En la exigencia de la autonomía del arte y de la literatura, la Nouvelle Revue Française proclama, pues, la «revisión de los valores europeos sin prevención de escuela ni de partido»; a este programa se mantuvo siempre fiel en su labor crítica que, especialmente des­pués de la interrupción impuesta por la guerra mundial de 1914-1918, ejerció una gran influencia tanto en Francia como fue­ra de ella.

Desde sus inicios colaboraron activamente Gide (en el primer número con el comienzo de la Puerta estrecha, v.), así como Jean Giraudoux y, desde 1910, Paul Valéry, Anne de Noailles, Jules Romains, Valéry Larbaud y Jacques Rivière. A este último se debió muy pronto el des­arrollo más característico de la revista, gra­cias a una notabilísima actividad en todos los campos de la crítica y de la literatura; como director desde 1910 hasta su muerte, ocurrida en 1925, Rivière dio gran impulso a las polémicas y al valor representativo y documental de las propias obras de arte.

Son notables la publicación, en 1910, de fragmentos de Charles Blanchard de Charles-Louis Philippe, recién fallecido; en 1913, del Gran Meaulnes (v.) de Henri-Alain Fournier; en 1914, de las Cavas del Vati­cano (v.) de Gide; de fragmentos de En busca del tiempo perdido (v.) de Marcel Proust (obra que, por otra parte, fue des­de sus primeros libros mal comprendida y adversamente criticada tanto por Gide como por Schlumberger), y del Rehén (v.), y di­versas obras de Claudel, representadas con otras en el pequeño Théâtre du Vieux Colombier con el fin de formar un nuevo gus­to del público, corrompido por la producción corriente, fácil y mundana.

Desde 1911 la obra de la casa editora, que surgió con el nombre de la revista y bajo la dirección técnica de Gaston Gallimard, afirma la ac­tividad estrictamente polémica del perió­dico y difunde en amplios ambientes pro­blemas de arte y de pensamiento.

En ju­nio de 1919, al regresar Rivière del cauti­verio, la revista reemprende plenamente, en la nueva situación política de Francia y de Europa, su función clasificadora, tan­to más meritoria por ser valientemente au­tocrítica; en la renovación de los espíritus, participan estetas y moralistas, poetas y escritores como André Lhote, Julien Benda, Albert Thibaudet, Jules Supervielle, Jean Paulhan (secretario de la revista desde 1921 y director desde 1925), Pierre Mac Orlan, André Breton, Louis Aragon, Benjamin Crémieux, Charles Du Bos, Alain (Émile Char­tier) y, desde 1923, André Maurois, Jean Prévost, Daniel Halévy, más tarde Ramon Fernandez, Jean Giono, Julien Green, An­dré Malraux y luego Henry de Montherlant, Marcel Arland y otros.

Por lo menos hasta 1940, la siempre vigilante N.R. F., para nombrarla con su sigla ya famosa, ha trata­do a menudo de ir en busca de las nuevas manifestaciones de la joven literatura y de las tendencias progresistas de la misma política militante. De ese modo, mantenién­dose fiel al programa de una actividad li­bre y franca, la revista ha luchado contra toda «literatura fácil», desde la novela al teatro y las ideas: reaccionó contra D’Annunzio y contra Bourget, para citar sólo dos ejemplos, pero acogió la obra de Dostoievski y la exigencia modernísima de la «aventura» más allá de la psicología y del sentimentalismo; finalmente, al acercarse al Dadaísmo (v.) y al Surrealismo (v.), la N.R.F. llevó hasta las extremas conse­cuencias su oposición a un romanticismo amanerado, inscrito en la literatura fran­cesa desde hacía demasiados decenios.

In­cluso bajo este aspecto el objetivo de la revista ha sido perseguido (dejando a un lado su declive bajo la ocupación alemana) con la vista puesta en un ideal de mora­lidad que no puede olvidarse. [En 1953 fue reanudada su publicación bajo el título de La Nouvelle Nouvelle Revue Française].

C. Cordié