El Niño y los Sortilegios, Colette

[L’en­fant et les sortilèges]. Fantasía lírica en dos partes de Colette, música de Maurice Ravel (1875-1937), ejecutada en Montecarlo en 1925.

El argumento, en su ingenua simpli­cidad, recuerda el mundo fabuloso de An­dersen. En la primera parte un niño, can­sado de una muelle felicidad y de una vida demasiado tranquila, es presa de gran in­quietud y del frenesí de la destrucción, que desahoga contra los muebles y los ani­males que le rodean. La venganza de los ofendidos no se hace esperar: los muebles se animan y se ríen de él, la Princesa de las Hadas se le aparece, pero sólo para decirle adiós.

En la segunda parte, los animales vienen también a vituperarlo y amenazar­lo; pero como el niño ha cuidado a una ardilla herida, será perdonado y lo llevarán a su casa, donde lo espera su madre. Un argumento semejante, con sus característi­cas puramente fantásticas, era singular­mente a propósito para estimular la inven­ción del timbre y colorido de Ravel, que en un libreto como éste, mantenido con sabio equilibrio por la autora, dentro de los modestos límites de una trama de ballet, tenía amplia libertad para «moverse y con­moverse», como dice Roland-Manuel, y para crear «un teatro en el que la trama desarro­lla la escala de los valores sentimentales, y la escena las leyes de la perspectiva».

Los episodios se suceden sin que en ningún momento muestre el autor signos de can­sancio : a cada actitud, a cada expresión de los personajes de este drama singular, en el que las teteras son tan altas como los hombres, los gatos hablan de amor y las ardillas de redención, en tanto que la humanidad está personificada por un niño caprichoso y cruel, corresponde una pronta y sensible traducción sonora, ora lírica, ora irónica, descriptiva o fantástica. La emoción, siempre contenida y casi «en sor­dina», se manifiesta más intensamente en lo más denso del trabajo, cuando una ventana se ilumina y el muchacho invoca a su madre.

Un puro y dulce «andante» surge en aquel momento, desenvolviéndose sere­no, terminando sobre la palabra «mamá» que, en la más simple de las cadencias, se detiene sobre una «séptima» exquisitamente raveliana.

L. Córtese