Muspilli, Anónimo

Breve poema en antiguo alto-alemán, de autor bávaro desconocido, que ha llegado a nosotros mutilado en 106 ver­sos insertados en los espacios vacíos y en las páginas en blanco de un manuscrito de teología que, alrededor de 825, el arzobis­po de Salisbury, Adalramo, ofreció a Ludovico el Germánico. Los versos que faltan son, sin embargo, pocos — al principio y al final—: estaban en las dos caras de las guardas, que se han perdido.

La fecha pro­bable de su composición remonta a los años entre 830 y 840. El interés poético no es muy grande, y el estilo es bastante tosco; se trata, en sustancia, de una descripción del «día del juicio», una amonestación a los hombres, quienes tienen que pensar anti­cipadamente en lo que ocurrirá el día de su muerte. En cambio, desde el punto de vista histórico, es un texto muy sugestivo, ya que refleja con gran viveza la hetero­génea y problemática cultura de aquel tiem­po, en la que elementos cristianos y paga­nos, latinos y germánicos, coexistieron lar­gamente antes de amalgamarse.

Ya su mis­mo nombre, Muspilli, que Schmeller dio como título al breve poema cuando lo descubrió en el convento de San Emerano en Ratisbona y lo publicó (1832), es, para los lingüistas, un enigma. El vocablo aparece dos veces solamente en textos alemanes — los dos de época cristiana: en este breve poema y en el Heliand (v.)—y más fre­cuentemente en textos antiguos del Norte —en la Voluspa y en los Edda (v.) de Snorri; en los primeros su significado está claro: el «día de la rendición de cuentas» —, mas para explicar etimológicamente la pa­labra, se ha recurrido hasta al Dies irae (y. «superveniet dies illa» = «llega el Mus­pilli»); también en los textos nórdicos el significado está claro — «Muspellz» es el gigante del fuego, cuyos hijos desempeñan un gran papel en el «incendio del mundo» final—; sin embargo, todas las tentativas de etimología en esta dirección han resultado vanas.

Y no menos problemático es el texto — tanto en la forma que alterna indi­ferentemente versos rimados con restos del verso aliterado propio de la antigua poesía germánica como en el contenido —, que en parte presenta el carácter de sermón y tie­ne como fuente principal el Apocalipsis (v.), pero que pone también de manifiesto cier­tas coincidencias con el «fin de los dioses», como está representado en la Voluspa.

Des­pués de seguir el destino del alma más allá de la muerte — cuando las huestes de ángeles y demonios luchan para quedarse con ella — y de declarar a los pecadores que el «juicio final» de Dios será inexora­ble, el poema pasa efectivamente a descri­bir el «fin del mundo», que llegará antes del «juicio divino»: «Cuando la sangre de Elia — dice — gotea sobre la tierra, enton­ces se incendian las montañas, ningún ár­bol queda en pie, las fuentes se secan, el mar también, el cielo estalla en llamas, la luna se precipita, Mittgart quema, no que­da ninguna piedra. Cuando pasa con su fuego el día de la rendición de cuentas, ya ningún pariente puede ayudar a otro pariente delante de Muspilli».

Luego, al pasar los ángeles, se abren las tumbas y re­suena el cuerno celeste, los muertos se levantan y aparecen delante del «Supremo Juez», y no hay ninguna culpa, ninguna, que pueda quedar oculta; el poema termi­na con la visión de Cristo crucificado. Es evidente que aquel pasaje — incluido entre las dos partes de tono edificatorio — tiene una fuente distinta del resto, en la que aparecen reflejos de edades más antiguas. Pero ya en la Voluspa aparecen elementos cristianos mezclados con la tradición ger­mánica. Cada problema encierra otros pro­blemas nuevos. Pero quizá fue precisamen­te por esto que el breve poema gustó al rey Ludovico, que era «tan alemán como cristiano»; alguien ha llegado hasta supo­ner que fue él, con su mano más acostum­brada a la espada que a la pluma, el transcriptor.

G. Gabetti