Mi Confesión, León Tolstoi

[Ispovedj]. Obra del conde León Tolstoi (1828-1910). Este escrito, que estaba llamado a servir de introduc­ción a otro titulado En qué consiste mi fe, no pudo ser editado en Rusia a causa de su contenido; desde 1882 circuló en manus­critos, y fue publicado por primera vez en Ginebra el año 1884.

En él pinta el célebre .escritor la crisis moral que padeció al lle­gar a los cincuenta años. «La religión que nosotros los intelectuales profesamos — di­ce — es exterior a nuestra vida, se observa a flor de labios, pero no tiene nada que ver con nuestra conducta». Desde la edad de los dieciséis años, Tolstoi había perdido la fe. No obstante, él* creía en algo, aunque no hubiera sabido decir en qué precisa­mente; no hubiera negado a Dios, pero no sabía qué era ese Dios; no niega las enseñanzas de Cristo, pero no hubiera podi­do decir en qué consistían esas enseñanzas. Su única verdadera creencia era la idea de la perfección, pero no hubiera podido decir Cuál era el principio de esa perfección. Inicialmente fue el perfeccionamiento moral; muy pronto éste se transformó en el deseo de ser mejor, no delante de Dios ni de sí mismo, sino delante de los hombres; nació entonces el deseo de ser más fuerte que ellos, más conocido, más importante, más rico. Vio que los que le rodeaban sonreían de sus virtudes y aplaudían sus vicios. Más tarde, frecuentando el mundo de la gente de letras, percibió constantemente su pre­sunción; en efecto, ellos se creían llamados a instruir al mundo, pero desconocían lo que tenían que enseñar. Tolstoi obró como ellos hasta el instante en que le asaltaron las dudas.

Se hablaba de enseñar el pro­greso, pero el progreso se le reveló como un vano prejuicio. Su crisis moral comen­zaba; la vida ya no existía para él, había perdido su sentido. Comenzó a tentarle la idea del suicidio; tuvo que hacer un ver­dadero esfuerzo para no matarse. Si no en­contró una respuesta en la ciencia, al me­nos descubrió en Salomón, en Buda, en Só­crates y en Schopenhauer, que la vida es un mal. Cuatro soluciones se le ofrecieron. La primera, el embrutecimiento; la segun­da, el epicureismo; la tercera, el suicidio; la cuarta, la debilidad, dicho de otro modo, vivir cada día el día, a pesar de la con­vicción de la nada. En este drama interior, la idea salvadora le vino, quizá, de un error de razonamiento. Fijó su vista en las masas populares. Para ellas no se dife­rencian mucho vida y religión: la reli­gión forma parte de la vida. Pero ¿cómo aceptar esta religión sin volverse loco? No obstante, a pesar de ser irrazonable, la re­ligión es la única cosa capaz de dar una posibilidad de vivir; sin la concepción de la eternidad, de Dios, no existiría la vida. No es entre los clérigos ni entre los inte­lectuales donde se encuentra la verdadera religión, sino en el pueblo. Es preciso, pues, confundirse con la vida del pueblo. Ésta fue la curación de Tolstoi y la razón por la cual renunció a su género de vida. Hay tanta ingenuidad en este gran escritor, cuando abandona el terreno de las letras para dedicarse a la filosofía, que uno se inclina, quizás equivocadamente, a admitir la completa sinceridad de su actitud.