María Fontán, José Martínez Ruiz

«Novela rosa» de José Martínez Ruiz, Azorín (n. 1874), publicada en 1944. El autor sitúa los cinco primeros capítulos de la obra en tierras de Toledo — la capital, Escalona, Maqueda —, donde nació y vivió Edit Maqueda, muchacha de una salvaje y espléndida belleza: «como este pedazo de carbón que tienes tú ahora en la palma de la mano eres tú, Edit — le dice en cierta ocasión su tío Ismael—. Es­tás sin haber pasado por el taller del la­pidario, y cuando pases serás otra: Serás la más extraordinaria de las mujeres». Los capítulos siguientes transcurren en París.

Edit Maqueda, que ha cambiado su nom­bre por el de María Fontán, ha heredado una gran fortuna y vive, en la ciudad del Sena, unos años de sutiles aventuras. Apa­rentando otras formas sociales a la suya, gusta de someter a la gente a curiosas pruebas psicológicas: a modistos, joyeros, etcétera. Sus amigos son: el poeta Denis Pravier, que llegará a ser profesor de la Sorbona; la novia de éste, la petite ouvriére Odette Le Braz, que más tarde se casará con otro e irá a vivir, con sus hijos, a una granja junto al mar, y Lucien de Launoy, duque de Launoy. María conoce a Lau­noy en los jardines de Luxemburgo y vive con él una extraña aventura: invitada por el caballero, vivirá en su palacio, pero con una condición: sólo se verán, a la hora de comer, dos días por semana. Launoy, ya a la orilla de la muerte, se casará con ella. Nuevos amigos entran en la órbita de Ma­ría Fontán: García de Rodas, Irala y el pintor Arlegui. La dama tiene extrañas re­acciones: a veces, como su madre, se su­merge en largas melancolías, otras estalla «contra lo que todos aplauden y admiran».

La «complicación espiritual» de María Fon­tán llega a su grado máximo cuando piensa en España: ¿podrá volver a su patria? ¿Qué le dirá, después de haberse realizado to­talmente en París, la tierra que dejó de niña? «Tengo miedo a ir a España. Me tengo miedo a mí misma. No recobrar las sensaciones antiguas, las sensaciones de ni­ña, sería para mí un espanto. Y si me en­tregaba a esas sensaciones de niña, reco­bradas, y perdía las que ahora tengo o las amenguaba, ¿qué iba a ser de mí, queri­dos amigos?» Los siete últimos capítulos transcurren en Madrid. Los primeros mo­mentos son de vacilación, pero pronto se siente cautivada por la voz de Roberto Cisneros, un pobre copista del Museo del Pra­do, con el que contrae matrimonio.

Podría­mos definir la novela como la historia de la realización espiritual de la protagonista. La evolución de su psicología es delicada y sutil. Con el cambio de nombre, ha cam­biado la dirección de su vida. Toledo y París son el símbolo, respectivamente, de la vida directa, sencilla y salvaje, y la vida refinada, espiritual y consciente, aunque no dominadora, de sus resortes. París es el «taller del lapidario» por el que pasa Edit; Madrid proporciona la solución al conflicto «espiritual» que se le ha planteado: el amor. La acción, como ya es característico de nuestro autor, es tenue y difuminada. El es­tilo es «llano: el de una conversación par­ticular».

J. Molas