Los Poetas y sus Compañeros, Joseph von Eichendorff

[Dichter und ihre Gesellen]. Narración de Joseph von Eichendorff (1788-1857), apare­cida en 1834. Trata en ella un problema que ya había ocupado al autor en su pri­mera novela Presentimiento y presente (v.): la misión y la tarea del poeta en la vida.

Pero no se puede hacer nada con un poe­ta solo: los poetas son nada menos que cuatro, y todos los demás personajes que les rodean son sus dignos «compañeros», mági­camente atraídos a la esfera misteriosa que los poetas crean en torno de sí. También en esta nueva obra salta a la vista la in­fluencia de Goethe, particularmente la del Wilhelm Meister (v.). Y también en ella podemos admirar los magníficos paisajes tan abundantes en la poesía de Eichendorff, con su romántico encanto y su infinita am­plitud de horizontes.

Fortunato, después de haber terminado sus estudios universitarios, decide emprender un viaje por Italia. Pero como tiene mucho tiempo disponible, se detiene en casa de su compañero de estu­dios, Walter, que habita en una pequeña ciudad de provincia donde ocupa un puesto de magistrado. Walter está prometido con la bella Florentina, y ambos amigos hacen frecuentes y alegres excursiones por el bos­que vecino, donde es guardabosques el pa­dre de la joven. Pero Fortunato teme enamorarse de la graciosa muchacha, y des­pués de una fiesta abandona a la hospita­laria familia, sin haber logrado conocer a un escritor, el conde Víctor, propietario de un castillo cercano, del que Walter le ha hablado con frecuencia.

En sus peregrina­ciones ulteriores encuentra, como Wilhelm Meister, una compañía de actores y se une a ella. Entre los cómicos está, además del escritor Lotario, hombre misterioso y fasci­nador, el pintor Guido, amante de Cordelia (Kordelchen) — graciosa figura que se parece por su amoralidad a la Filine de Goethe—, y Otto, un cuñado de Florentina al que Fortunato ha conocido por Walter. Durante una tempestad, los actores son invi­tados al castillo del conde G., para dar en él una representación. Se inicia así una convivencia fantástica entre huéspedes y actores; las fiestas alternan con las parti­das de caza.

Durante una cacería, Lotario encuentra a la bellísima condesa española Juana — personaje que recuerda bastante a Romana de. Presentimiento y presente —, la sigue a caballo por una montaña, decla­rándole su amor; pero Juana, esquiva, huye locamente, y al fin se despeña y precipita en el río, quedando muerta. Con la muerte de Juana termina el primer libro de la obra. En el segundo nos hallamos transportados a Roma; una Roma romántica, ideal, soña­da, llena de ruinas cubiertas de hiedra y de palacios silenciosos y desiertos. Novelescamente, se encuentran de nuevo todos los personajes.

La pequeña Cordelia convive con Guido; Otto ama y después se casa con una muchacha romana, Annidi; pero el matrimonio es muy desgraciado; a Fortu­nato lo ama ardientemente Fiammetta, jo­ven hija del marqués dueño del palacio donde habita. Pero todos estos vínculos lige­ramente contraídos se deshacen pronto: Cordelia abandona a Guido, Otto a Annidi y todos parten de Roma. Y en el tercer libro los hallamos de nuevo en alemania. Después de sus infelices relaciones con Cordelia, Otto, para aplacar su inquietud, decide hacerse fraile, para lo que trata de ser huésped del ermitaño Vitalis, al que todos en la comarca encomian por su severidad. Pero Vitalis — al que ningún profano ha visto nunca de cerca — no en­cuentra a Otto apropiado para la vida ere­mítica y le rechaza.

Desgraciado y sin sos­tén interior, Otto va errante por la cam­piña. Y en las ruinas de un viejo castillo, tiene una extraña aventura: una bellísima desconocida le invita a entrar en una estan­cia del castillo y en pocos momentos lo envuelve en una atmósfera irreal, de en­sueño. La desconocida le lee una novela que él mismo escribió hace mucho tiempo, le colma de elogios y de caricias. Continúa viéndola durante muchas noches seguidas, pero un día la bella dama desaparece, y Otto, aquejado de una fiebre cerebral, mue­re en circunstancias irreales de fábula. For­tunato, en cambio, vuelve junto a Walter y Florentina, que ya se han casado.

Un día, en las cercanías de la casa, encuentra a Fiammetta que ha dejado Italia porque su padre ha sufrido un revés de fortuna. Aho­ra éste ha muerto, y Fiammetta ha huido de casa de una tía que la trataba con dema­siada severidad. Fortunato decide casarse con ella. Como sacerdote eligen al misterioso ermitaño Vitalis. Grande es el estupor de Fortunato, cuando en el ermitaño reconoce a Lotario, que no es otro que el conde Víc­tor, el misterioso y genial escritor. Víctor había conocido en España a la condesa Jua­na, y se había enamorado ardientemente de ella; había vuelto a verla cuando con la máscara de Lotario era huésped del conde G., pero el desgraciado y trágico desenlace de este amor lo había impulsado a la soledad, hasta decidirle a tomar el estado sacerdotal; en su nueva vida encuentra la calma inte­rior en la que se aplacan también sus pro­blemas de artista.

Es una solución semejante a la ya dada por Eichendorff a la figura de Federico en Presentimiento y presente. Pero, a diferencia de Federico, Víctor no será ermitaño; volverá de nuevo al mun­do, para llevar la luz de su palabra a la humanidad afligida. A pesar de todo cuanto hay de fantasía romántica en el desenvol­vimiento de la trama, a pesar de lo vago e inconsistente de algunas situaciones — como en la evocación de Italia, que Eichendorff nunca logró ver — la novela constituye la mejor obra narrativa del poeta; sobre un fondo de soñadora poesía — como en las novelas anteriores, como en Presentimiento y presente y en Episodios de la vida de un holgazán (v.) —las figuras logran tener ras­gos destacados con contornos propios.

C. Gundolf