Los Poetas Malditos, Paul Verlaine

[Les poetes maudits]. Obra crítica de Paul Verlaine (1844-1896), publicada en 1884. El poeta habla de algunos camaradas suyos, a los que sus contemporáneos deben respeto por­que representan actitudes e ideales nuevos.

Pero los verdaderos creadores son siempre desconocidos en su tiempo, y a través de sus sufrimientos, a menudo inauditos, en­cuentra la humanidad el camino del progreso: hoy son ellos los «olvidados», ma­ñana serán los triunfadores por su gusto y por su inteligencia. El verdadero arte es siempre un arte de vanguardia, y en vano el público concede sus aplausos a escritores mediocres, que serán olvidados pronto. En­tre los «poetas malditos» coloca Verlaine a Tristan Corbière, que con sus Amores amarillos (v.) ha aportado una nueva vi­bración y un ansia espiritual sin preceden­tes; lirismo y sátira se funden en viva uni­dad en la poesía de Corbière.

Prodigioso ejemplo de creador es también Arthur Rim­baud, que dio a la poesía una vivísima entonación de imágenes; en sus escritos (v. Poesías, sobre todo las Iluminaciones, que Verlaine creía perdidas y que fueron halla­das con otros poemas en 1886) nos ha de­jado un signo indeleble de cuanto la poesía pueda construir en el corazón del hombre. Una posición particular representaba Sté­phane Mallarmé, artista fino e impecable, considerado como un maestro por los más jóvenes, aunque la mayor parte de su obra estaba inédita. Un puesto aparte ocupan para Verlaine dos poetas que la anterior generación no había estimado en todo su va­lor: Marceline Desbordes-Valmore y Villiers de l’Isle-Adam.

A estos medallones añade Verlaine un rápido y vivo autorretrato: bajo el anagrama de «Pauvre Lélian» el poeta habla de su conversión al catolicismo, y presenta sus obras, ofreciendo interesantes notas sobre las que estaba preparando. Los poetas malditos señalan un momento im­portante en la literatura informativa del movimiento simbolista, en cuanto ilustraron con fina y aguda sensibilidad a los poetas de la nueva generación, que marcaban la continuidad del gusto y de la visión poé­tica que se habían iniciado con Baudelaire. La obra tiene notable valor documental y también literario; el juicio crítico entendido objetivamente es dejado de lado adrede por Verlaine, que sin embargo termina por caer a menudo en consideraciones superficiales y genéricas.

C. Cordié

Si se me pidiera definir a Verlaine en dos palabras, creo que escogería el término «de niño»; pero de un niño cargado de amarga experiencia, de ¡un maduro conocimiento de todo lo que es humano, sin perder, sin embargo, la nostalgia de la infancia y el verdadero «espíritu de la niñez». (A. Béguin)