Los Esclavos, Antonio de Castro Alves

[Os Escravos]. Poesías del escritor romántico brasileño , el cual, con Tobías Barreto (1839-1889), representa la llamada «escuela condoreira» que trataba de ser la fusión del Parnasianismo (v.) con el liberalismo antiesclavista a lo Víctor Hugo.

Compuestas casi todas hacia 1865 pero publicadas en 1883, las poesías están escritas en las más variadas formas métri­cas, con decidida preferencia por los ver­sos largos, y van desde los cuatro tercetos de «El sol y el pueblo» hasta los poemas «Tragedia en el lar», «El regente» y «Cascada de Pablo Alfonso». Algunas de estas poesías revelan un esencial inconformismo, también de cuño victorhuguesco, ante las condiciones sociales de su tiempo; es ca­racterística la primera composición del vo­lumen, «El Siglo», que hace pensar en el himno A Satanás (v.) de Carducci.

Pero la mayoría se inspiran directamente en el tema de los esclavos, al que Castro Alves confiere, además de impetuosa elocuencia, un tono casi épico y a menudo una magia impresionante de cuadros y colores, que le valió al autor el nombre de «poeta de los esclavos» y que, indudablemente, influyó en las reformas que condujeron a la abo­lición: de la esclavitud en 1888. Muchas composiciones tienen un valor poético que supera la ocasión polémica que las dictó y pueden compararse con las mejores de Espumas fluctuantes (v.). Tales son «Nave de negreros», que señala el contraste entre el sentimiento de libertad que el mar con­fiere a los hombres y la ferocidad de trans­portar a los negros en cepos, o «Voces de África», alegoría del África, que en figura de una mujer dolorida, llora a los pies del Señor la injusta suerte de sus hijos.

Acen­tos épicos posee también «Adiós, canto mío», vibrante exhortación a la lucha por la verdad y la justicia. Un acento particu­lar nos ofrece el célebre poema «La cas­cada de Pablo Alfonso», que recoge con grandiosa instrumentación las más varia­das expresiones del turbulento mundo ín­timo del poeta, desde los puros momentos de intimidad («La noche», «María», «El baile en la flor»; estos últimos cantos son canciones admirables, por su armonía y musicalidad) a los dramas marítimos («El nadador», «Sobre la nave») y a las rebe­liones de los esclavos («Sangre africana»).

G. C. Rossi