Los Años de Aprendizaje de Wilhelm Meister, Wolfgang Goethe

[Whilhelm Meisters Lehrjahre]. Novela principal de Wolfgang Goethe (1749-1832), terminada, tras cerca de veinte años de trabajo, en 1795, precedida por la Misión teatral de Wilhelm Meister (v.), que es una primera tentativa, y se­guida más tarde por los Años de peregri­naje de Wilhelm Meister (v.).

El joven Wilhelm Meister (v.), hijo de burgueses y encaminado ya en el comercio paterno, tiene dos razones que le hacen inclinarse por el teatro: la primera es que, siendo poeta, ha escrito muchas obras que desea­ría ver representadas; la otra es que tiene una relación amorosa con una actriz, Mariane. Creyéndose traicionado por ella, la abandona, por lo cual cae en tal desespe­ración que su prosaico amigo y socio Werner, le aconseja, para distraerle, que haga un viaje para cobrar unos créditos del negocio. Apenas ha marchado encuentra una joven pareja, toma parte en sus des­gracias, y les acompaña ante el juez. Se trata de un rapto: una joven, cansada de la vida burguesa, se ha dejado seducir por Melina, director de una compañía de cómicos de la legua. He aquí a nuestro Wil­helm caído por casualidad en el ambiente que siempre había brillado ante su alma. Como por su lado ha descubierto entre los actores vagabundos a Mignon (v.), una muchachita graciosa, delicada, enfermiza, que ha arrancado de su ambiente grosero, y se ha llevado consigo, y como del mismo modo se ha interesado por la singular y enigmática figura del viejo arpista melan­cólico inseparable de Mignon, Melina con­sigue fácilmente ligar a Wilhelm a su compañía y hacerle su capitalista. Viajan juntos y él se mezcla con el ambiente du­doso, tanto más cuando la actriz que re­presenta los papeles femeninos ligeros en escena, vive también su papel en la rea­lidad y con sus encantos y sus artes seduc­toras le hace olvidar algunas veces a Mariane, a quien siempre confía encontrar algún día. En una posada, un conde que está de paso encuentra a la compañía y, como proyecta una serie de festejos en su castillo con ocasión de la visita del prínci­pe, se la lleva consigo.

Así, Wilhelm ascien­de al tablado de otro teatro: la vida de la corte, y se convierte en el favorito de una baronesa. Al mismo tiempo, uno de los cortesanos, Jarno, le induce a leer a Shakes­peare, que le maravilla y le lleva al centro de la vida. Al marchar el príncipe, despi­den a la compañía. Atacada y saqueada en el bosque por los bandidos, Wilhelm, tra­tando de defender a sus compañeros, es he­rido y estaría perdido si entre los caballe­ros nobles que acuden en su ayuda, una mujer a quien no conoce y que en su re­cuerdo se llamará «Amazona» no hiciese que le curase su médico; desaparecida, se convierte, como Mariane, en un nuevo motivo de nostalgia. Tras este incidente la com­pañía de Melina se deshace y Wilhelm (siempre acompañado por Mignon y por el arpista), se> une ‘a un nuevo director, Serlo, que es el primer hombre de teatro experto con quien puede profundizar las cuestiones que le afectan tanto. La herma­na de Serlo, Aurelie, abandonada por un amigo llamado Lothar, toma a Wilhelm como confidente y se dedica a él, sin que pueda salvarle de la desesperación en la que se exalta, encontrando apasionados acentos de actriz, de una intensidad extra­ordinaria. Y aquí cesa la parte en común con la Misión teatral. Tras la muerte de Aurelie, Wilhelm se dirige hacia el cas­tillo de Lothar para hacerle indignados re­proches. Pero se encuentra en un ambiente inesperado: es un grupo de educadores que empiezan de lejos y en secreto la educa­ción de aquéllos a quienes escogen. Wil­helm encuentra todo el relato de aquellas peregrinaciones y una carta con las sen­tencias que le han de servir de regla de conducta. Allí encuentra también a la «Amazona» tan deseada. Es Natalie, pero, a su lado, continúa compartiendo las sim­patías de su corazón su amiga Therese, mu­jer de una inteligencia práctica y de una actividad incansable, que será la mujer de Lothar.

Hasta el último momento no sa­bemos hacia cuál de éstas mujeres dirigirá el destino a Wilhelm. Finalmente Natalie le conquista y se casa con él: la mujer que une en perfecta armonía el humanismo es­tético y religioso con la más decidida en­trega altruista. Concebido como novela de teatro, el relato abandona sin embargo, después de la primera parte, el objetivo central de la carrera teatral de Meister. En realidad, para Goethe, a partir de 1780 aproximadamente, el problema dominante es el de la formación del hombre. Y la novela no es más que la exposición de una experiencia educativa en la que no sólo se ocupa de los primeros años de infancia y juventud. Para Goethe se continúa toda la vida siendo «aprendiz», y hasta el últi­mo suspiro hay que trabajar para alcanzarse a sí mismo, lo importante es no deformarse. Todo deber impuesto desde fuera, todo imperativo extraño a la interioridad individual repugna a Goethe; la libertad goethiana exige que se desarrolle en cada ser lo que se ha colocado en él como ger­men y que es, según término de Aristóteles preferido por él, su «entelequia». Empresa bastante difícil, porque se nos engaña y se nos pierde; la cumbre alcanzada por Wil­helm no estará en la poesía ni en el teatro como ha creído durante tanto tiempo, sino en la vida activa. La antítesis de ambas vi­das (presentada en el drama Torquato Tas- so, v., bajo forma de dos seres: Tasso y el práctico hombre de estado Antonio) se convierte en la novela en una curva de desarrollo, en la que vemos, por decirlo así un Tasso en potencia transformándose con el tiempo en un Antonio. Wilhelm atraviesa cada vez ambientes diferentes: la compa­ñía de los comediantes, el mundo burgués de sus primeros años, la vida del castillo y de la Corte, la búsqueda pietista descrita en la Confesión de un alma hermosa, don­de, en contraposición a la formación laica de Wilhelm, se muestra el desarrollo de una entelequia religiosa; de modo que, sobreponiéndose dichos ambientes, se con­sigue un panorama general de la sociedad y del siglo.

Es un gran cuadro de toda la época «rococó»; y, en cuanto el material de la narración está dispuesto con la supe­rior serenidad y armonía de un renovado espíritu clásico, ha podido afirmarse que cada capítulo, ya breve, ya más largo, es como un «rondó» de Mozart. En realidad, una figura toda frivolidad instintiva e ins­tintiva gracia como Filina, es puro si­glo XVIII; y dieciochesco también es el constante converger de la novela en torno a las individuales figuras femeninas. Cada fase de la vida de Wilhelm encuentra en una mujer su espejo, ya en el círculo del teatro, ya en la de la aristocracia, ya entre los educadores; y todas estas mujeres re­flejan y condensan los ambientes que él atraviesa. Finalmente, Teresa parece co­rresponder exactamente a la cumbre de su adiestramiento, que le ha conducido a la vida activa, pero Natalie es la verdadera «alma hermosa» concreta y viva, digna de él, que le completa. Y también en este sen­tido el siglo XVIII reaparece en la novela; puesto que también sobre Natalie parece reposar la luz de tranquila y absoluta bea­titud que resplandece en el «Templo de la Sabiduría» del final de la Flauta mágica. Sin embargo, en otros aspectos, los límites del gusto del «siglo XVIII» son superados: las gracias intelectuales y sensuales de la novela están de hecho superadas con la fi­gura de Mignon y del arpista, ambas mis­teriosas y románticas. Se advierten a través de estas dos figuras nuevos acentos; Goethe ha tenido por primera vez el sentido de la nostalgia y de la melancolía.

Wilhelm está unido a Mignon porque la lleva en sí mis­mo; la muerte de Mignon y la desaparición del arpista son importantes porque entre todas las divagaciones de Meister, Mignon fue la más dulce; desde que ella desaparece él alcanza un nuevo grado hacia su forma­ción definitiva. Aparte del realismo, que chocó a los contemporáneos, la obra se desarrolla en parte con descripciones di­rectas y visuales, en parte con reflexiones y discusiones, ya sobre la escena, ya en la vida. Las meditaciones y discusiones de Wilhelm sobre Shakespeare, ya existentes y más prolijas en la Misión teatral, y una crítica más profunda del Hamlet, la repre­sentación de este drama y, paralelamente, la figura de Aurelie que, con su pasión real de mujer abandonada tiene acentos verda­deramente shakesperianos, hacen que haya como tres escenas sobrepuestas, cada una de las cuales lanza sus rayos sobre las de­más. Del mismo modo se enlazan los dis­tintos ambientes: el del alma de Wilhelm, el de los autores y su teatro; el de los cor­tesanos, de los educadores y de su torre, que también es un teatro. Debido a estas reverberaciones artificiales todo se hace li­gero, aéreo, se diluye, reaparece, se con­tradice, y se evapora. Aquí también Goethe fue un precursor, maestro de esa ironía que los románticos consideraban dogma princi­pal de su estética. La aparición de los Años de aprendizaje aclaró también algu­nos aspectos de las relaciones entre Goethe y su mundo literario contemporáneo. Los más íntimos, e incluso su madre, replica­ron, como dice él mismo en los Anales (v.), «defendiéndose», o sea «poniéndose en po­sición de defensa contra la secreta fuerza de la obra».

Jacobi se escandalizó, como todas las personas aristocráticas que le rodeaban, «a quienes la realidad, y además la realidad de una clase baja, no parecía edificante». Humboldt en cambio comprendió desde la publicación de la primera parte la esencia de la obra e incitó al autor a continuarla y lo mismo hizo Schiller, quien, como resulta del Epistolario Schiller-Goethe (v.), le ayudó con sus observaciones para la unión de la vieja novela con la nueva y para algunos detalles de orden moral. Pero sobre todo se inspiraron en él los románticos: Novalis partió de aquí para alcanzar la poesía de su Erik von Ofterdingen (v.), F. Schlegel colocó la . no­vela, junto a la Revolución francesa, entre los grandes sucesos de la edad moderna. [Trad. de Ramón María Tenreiro (Madrid, 1931) y de Rafael Cansinos Assens en Obras completas, tomo II (Madrid, 1950)].

F. Lupi