[Le nuove musiche]. Composiciones para canto acompañadas de un instrumento de cuerda, de Giulio Caccini (llamado Giulio Romano, 1550- 1618), principal artífice — junto con Jacopo Peri — de la transformación de la polifonía en monodia que, promovida por la asamblea de nobles de la «Camerata» fiorentina con el intento humanístico de recuperar los modos de la música griega que se habían perdido, condujo al nacimiento del melodrama.
Esta colección de arias, madrigales y canciones, publicada en 1601, ‘señala la transformación del madrigal del siglo XVI de polifónico en monódico y, por lo tanto, el paso hacia la forma del siglo XVII de la «cantata» solistica.
Pero de ésta la separa la intencionada sencillez del canto, estrechamente conexo con la palabra en una declamación sobria y desnuda, enemiga de las ornamentaciones y de los virtuosismos vocales, con que los seiscentistas sobrecargaron sus arias. Los propósitos artísticos de Caccini son expuestos por él mismo en el importante prefacio a Las nuevas músicas, en que declara haber aprendido más frecuentando en Florencia la «Camerata» del conde Giovanni Bardi, que en treinta años de contrapunto.
Aquellos «entendidísimos caballeros» lo convencieron «de que no apreciara aquella clase de música, que no dejando entender bien las palabras, destruye el concepto y el verso, ya alargando, ya acortando las sílabas para acomodarse al contrapunto, tortura de la Poesía». Él quiso, pues, atenerse «a aquella manera tan alabada por Platón y otros filósofos, que afirmaron no ser la música otra cosa sino la palabra y el ritmo, y después el son, y no al contrario».
Para realizar estos propósitos «se le ocurrió la idea de introducir un tipo de música con el cual los demás pudiesen hablar como en armonía, usando en ella cierta noble libertad de canto», de suerte que permitiese la continua «imitación de los conceptos de las palabras». Por esto son rechazados no solamente los excesos doctrinales de los contrapuntistas, sino también los desahogos virtuosistas de los cantantes, los aborrecidos «pasajes», buenos sólo para producir «cierto cosquilleo en los oídos de los que menos entienden qué es cantar con afecto».
El resto del prefacio se alarga en explicaciones de carácter técnico, las cuales revelan qué experto maestro de canto era Caccini; de ello dan fe, por lo demás, los triunfos y la fama conseguidos por sus hijas Francesca y Settimia. Naturalmente, la dificultad con que tropieza más fácilmente una música vocal concebida según estos criterios es la de una aridez melódica intelectualista, consecuencia de la total sujeción a la palabra.
A este defecto escapó Caccini con mayor frecuencia y mejor que su rival, Jacopo Per i, puesto que a pesar de sus enérgicas declaraciones teóricas contra «los pasajes» virtuosistas, él es menos riguroso y admite a veces el uso de «aquellos largos giros de voz», a lo menos en «músicas menos afectuosas, y sobre sílabas largas».
En otros términos, la declamación desnuda, a la que no falta tampoco una poesía graciosa intensa y delicada, atenta como está a todos los incidentes, a los matices expresivos del texto, el juego sintáctico de la puntuación que se refleja en los altos y bajos de la voz recitante, presenta en Caccini cierta tímida tendencia a recubrir de nuevo el esqueleto silábico con algo de gracia musical y ésta es el alba del aria operística, que se desarrollará opulenta en el siglo XVII.
No son pocas en Las nuevas músicas (que contienen también un coro del Rapto de Céfalo, único fragmento que se nos ha conservado de esta obra que Caccini hizo representar en 1600) las canciones que documentan esta pálida tendencia de Caccini hacia cierta complacencia en la gracia melódica; baste recordar la celebérrima «Amarilis» que forma parte del repertorio de todas las cantantes de «camera» y que es ciertamente una exquisita página vocal.
Las nuevas músicas fueron publicadas por vez primera en Florencia en 1601 por el editor Marescotti. Otras Nuove Musiche e nuove maniera di scriverle dio a la imprenta Caccini en 1614, también en Florencia. De las primeras Nuevas músicas se ha publicado una edición en facsímil al cuidado de F. Vatuelli (Roma, 1934).
M. Mila
Modulaciones para una voz sola, las cuales… han merecido grandísimo aplauso, y a él se debe, en gran parte, la nueva y graciosa manera de cantar que después se ha puesto en uso. (G. B. Doni)

