Las Estaciones de la Procesión, Paul Roux (Saint-Pol-Roux)

[Les Reposoirs de la Procession]. Obra publicada en tres colecciones de 1893 a 1907. Estos volúmenes de versos consti­tuyen, con el drama Dama de la guadaña (v.), lo más esencial de la obra de Saint- Pol-Koux. La primera colección, publicada en 1893 y en 1901, lleva por título La rosa y las espinas del camino [La rose et les épines du chemin].

El poeta reúne los «temas filosóficos, símbolos del alma, ano­taciones de temporadas, pinturas de horas, magias de fenómenos», poemas ya publi­cados en diversas revistas después de 1885. El principal interés de este volumen se cen­tra en su prefacio, verdadero manifiesto del «ideorrealismo», que señalará una fe­cha en la historia del simbolismo.

El epí­grafe da un sorprendente resumen de esta doctrina: «El paso de mi vida / la vida, ¡esta peregrinación de la muerte! / avanza hacia la Idea a través de la Naturaleza». La tarea del poeta, según Saint-Pol-Roux, consiste en pintar, el mundo que se halla más allá de nuestra naturaleza objetivada y cotidiana. Es preciso, pues, desmateria­lizar «lo sensible para penetrar en la inte­ligencia y percibir la idea», ya que el mundo de las cosas no es más que «la señal inadecuada del mundo de las ideas». Pero no es de ningún modo la inteligencia la que llevará a cabo esta búsqueda espiritual; la imaginación, al contrario, transfigura el universo a causa de excitantes imágenes. Debe, pues, el poeta hacer nacer el mundo a una vida nueva sin cesar: porque él «con­tinúa a Dios», él es el «ser por excelencia», capaz de expresar el verdadero lenguaje de la Naturaleza, de saciar de nuevo su sed en las fuentes originales. Concepción de un misticismo asaz vago, pero cuya va­lentía estética tiene cierta grandeza y ofre­ce sobre todo el interés de ser la más per­fecta expresión del paradójico idealismo sensual, que se halla en el fondo de todas las distintas aspiraciones simbolistas, y que un Claudel, por su misticismo cristiano, debía llevar a su mayor potencia poética.

En la segunda colección, titulada De la paloma al cuervo a través del pavo real [De la colombe au corbeau par le paon] y publicada en 1904, Saint-Pol-Roux, que­rría, de la paloma símbolo de la inocencia, de la fresca aurora (reminiscencias de Mallarme), hasta el cuervo, pregonero de las angustias de la vejez, el «pájaro de ébano y de las Ardenas», vanguardia de la muer­te, «englobar todas las alegrías y los llan­tos, los resplandores y las sombras de la vida universal»; pero, sea porque evoca en vano la peregrinación campesina de Santa Ana, sea porque con ricas imágenes hace sensible todo un pasad inmemorial, lo que aquí expone el autor, es también una con­fesión» una autobiografía poética.

La ter­cera y última colección, Maravillas inte­riores [Féeries intérieures], publicada en 1907, si bien de forma todavía simbolista en su totalidad, acusa una notable evolu­ción respecto al prefacio de la colección primera de las Estaciones: nos hallamos al final del simbolismo y en la última etapa de una época en la obra del poeta. En el primer poema, «El poeta en la vidriera» [«Le poéte au vitrail»], Saint-Pol-Roux explica, en efecto, que ha permanecido hasta este instante encerrado en una torre, desde la que no podía percibir las impresiones del exterior más que a través de una vidriera de colores que representaba una dama abi­garrada. Pero él ha roto la vidriera. Y aho­ra va a mezclarse en la vida rica de ins­tintos y de pasiones. La misma idea se desarrolla en el poema titulado «La gallina con ojos de pata» [«La poule aux yeux de cane»]: una tarde de primavera los pati­tos avistan al Cisne del Lago y se lanzan hacia él; «perdida, la gallina hiere con sus gritos la soledad», pero es en vano, pues el Cisne glorioso arrastra ya a los patitos hacia la Vida infinita.

Sin duda Saint-Pol- Roux conserva el símbolo; pero no quiere ya ver en él un fin en sí mismo, necesita ahora que el símbolo se introduzca en la in­mensidad1 de la vida. El valor de esta obra nos parece hoy principalmente teórico: bajo el punto de vista exclusivamente poético, más de uno de estos poemas en prosa nos recordará que Saint-Pol-Roux fue uno de los más fecundos inventores de imágenes del movimiento simbolista. Y si, por una parte, el efecto de estas imágenes está muy disminuido, erraría no obstante quien, con Henry Clouard, quisiera ver tan sólo en los suntuosos poemas que constituyen el total de la colección, «un cementerio de palabras».