[Les caves du Vatican]. Novela de André Gide (1869- 1951), aparecida en 1914, cuyo éxito fue en gran parte debido al personaje Lafcadio (véase), héroe del «acto gratuito». La narración está dividida en cinco largos capítulos. En los dos primeros, asistimos a un brillante juego de contrastes entre Anthime Armand- Dubois, fisiólogo «dilettante», medio creyente y francmasón (la acción discurre hacia el año 1890), y su cuñado, el conde Julius de Baraglioul, novelista mundano ultra católico y candidato a la Academia. Tras la inesperada conversión de Anthime, Julius, vuelto de Roma a París, recibe de su viejo padre moribundo el encargo de indagar el paradero de un jovencito de 19 años, Lafcadio Wluiti, rumano. Julius, sorprendido por tanto interés, logra saber que el viejo conde Justo Agenore de Baraglioul es padre del muchacho, y sostiene con el viejo enfermo un conmovedor coloquio en el que convienen que Lafcadio heredará una parte de la inmensa fortuna del conde. En el transcurso de esta misma jornada, el azar lleva a Lafcadio a realizar un heroico salvamento gracias al cual conoce a la hija mayor de Julius, Genoveva. En el tercer libro, la acción se traslada a Gascuña, en Pau, donde hace de las suyas una banda de estafadores internacionales (los «Milpiés»), los cuales cuentan que el Papa ha sido víctima de una odiosa conjuración de las Logias y que se halla prisionero en los subterráneos del Vaticano, o, mejor dicho, en el Castillo de Sant’Angelo, mientras actúa un sosias en su lugar; gracias a esta fantástica invención han podido engañar y estafar a no pocas almas simples y crédulas.
Es de notar que uno de los agentes de esta asociación de delincuentes es Protos, aventurero cuyo verdadero nombre nadie conoce, que ha sido compañero de colegio de Lafcadio, ha ejercido una deletérea influencia sobre su espíritu y le ha dejado por fin como herencia a su amiga, Carola Venitequa. De Pau parte, para ir a Roma en socorro del Papa, como un cruzado, otro cuñado de Julius, Amadeo Fleurissoire. El pobre, atraído a un hotel equívoco, se deja conquistar, con gran remordimiento por su parte, por Carola*, que se aficiona a él y quiere protegerlo, en tanto que Protos, al acecho, le engaña, temiendo que la ingenuidad de Amadeo termine por poner en evidencia la estafa; hasta que, por fin, una tarde, en la línea Roma-Nápoles, Amadeo encuentra la muerte, víctima de un «crimen gratuito» de Lafcadio. El joven, en efecto, predispuesto por nacimiento y educación a acoger las ideas más rebeldes ha terminado por hacer suya una especie de mística de la «acción gratuita»: así como tiempo atrás en París, ante los ojos de Genoveva, había cedido al placer del heroísmo, cede ahora con toda indiferencia a la tentación del delito. Pero ha quedado súbitamente prisionero de su acción, porque Protos, que seguía a Amadeo, le vio precipitar al desventurado desde la portezuela del tren, y le persigue con una serie de señales misteriosas, hasta que por fin le declara que para él ya no queda otro camino sino alistarse «en el otro bando», es decir, convertirse en su cómplice, a lo que Lafcadio se niega horrorizado. La muerte de Amadeo ha desencadenado, por otra parte, una serie de acontecimientos inesperados: Julius de Baraglioul, que bajo la influencia de su fatídico hermanastro estaba pasando una peligrosa crisis de conciencia, ha vuelto a la más estrecha ortodoxia; Anthime, por el contrario, en todo halla pretexto para renegar de su conversión volviendo a las antiguas ideas (con lo que ha recaído instantáneamente en una ciática de la que había curado por milagro); Carola, horrorizada, creyendo a Protos asesino de Amadeo, le denuncia a la policía, por lo que él la mata y es luego detenido como culpable de doble asesinato.
Lafcadio, perturbado, es presa de un profundo trastorno: él creyó jugar y se da cuenta de que las cosas resultan mucho más complejas de cuanto había imaginado; el infeliz Amadeo, asesinado por él, ha recobrado ahora en su conciencia el valor de una persona humana; por una parte repugna a su lealtad dejar en la prisión a Protos, por otra, tiene miedo de denunciarse, siente vergüenza, le destroza el remordimiento, que él siente como una decadencia; Julius, al que se confía, sólo sabe mostrarle una guía: la Fe. En la misma noche, Genoveva de Baraglioul le hace la oferta de su amor, de su piedad y de sus afanes por él. Y también esto concurre a agravar la trágica irresolución de Lafcadio. Es inútil buscar en este libro la «verosimilitud» que algunos creen indispensable al género novelesco: el propio autor lo ha llamado una «sotie», de modo que la inconsecuencia, la excepción, constituyen en él la regla. Se trata en realidad de una sátira, de una «advertencia» en el más amplio sentido de la palabra, en la que se persiguen con deslumbradora lucidez, con aguda ironía y, sobre todo, con alegre falta de prejuicios, las consecuencias posibles, en la vida práctica, de ciertos ideales, ideas fijas, creencias y teorías características de la densa atmósfera del «fin de siglo». Una cierta estructura mecánica, a veces reprochada en las novelas de Gide, aquí no perjudica a la obra, porque encaja en sus propias leyes que hallan por ello su mejor expresión en el estilo audazmente analítico, riguroso, iluminado por la ironía y regulado por una inteligencia que aumenta, página tras página, la vitalidad de este originalísimo libro.
M. Bonfantini
En este libro noto una discordancia entre el contenido un poco rebuscado y ambicioso, y los medios, que son, por el contrario, tenues y simples. (Du Bos)
Gide no nos dice nunca exactamente por qué desea que su obra sea tan diferente de las novelas corrientes; por qué quiere olvidar principios excelentes tales como la motivación y la coherencia, y un sistemático ordenamiento de la materia hacia su trama central. Pero es fácil imaginar lo que se propone. Busca un mayor acercamiento a la verdad de la experiencia humana. Quiere que su obra sea «más semejante a la vida».
Y se ha dado cuenta de que la vida es más sorprendente, más elusiva y menos formalmente armoniosa de lo que se nos pinta en los «tipos corrientes de novela»… Quiere separarse de la perfección lógica de los James, de los Flaubert, de los Bourget, de los Prévost. Quiere tomar la vida por sorpresa, a la manera de los Conrad y de los Joyce. (J. W. Beach)

