Las Cárceles de Edimburgo, Walter Scott

[En realidad El corazón de Midlothian: The Heart of Midlothian, pero publicada en es­pañol, como en francés e italiano, bajo aquel título]. Novela de Walter Scott (1771- 1832) publicada en 1818 en la segunda serie de los Cuentos de mi hostelero (v.). El títu­lo de la novela alude al nombre de la an­tigua cárcel de Edimburgo (de ahí el tí­tulo Las cárceles de Edimburgo de la versión española), y está basado en la verdadera historia de Helen Walker, que se negó a jurar en falso para salvar la vida de su hermana procesada por infanticidio y em­prendió un viaje a pie a Londres, presentó una petición al duque de Argyle y consi­guió el perdón para su hermana. Esta no­vela empieza con una tenebrosa página de la historia de Edimburgo, el levantamiento de Porteous en 1736. El capitán John Porteous, comandante de la guardia cívica, pro­vocó la muerte de muchos ciudadanos al ordenar arbitrariamente a sus tropas que hiciesen fuego, y él mismo disparó contra la multitud, con ocasión de la ejecución de un malhechor, Wilson. Por ello fue conde­nado a muerte, pero perdonado, por lo que un grupo de ciudadanos airados, capita­neados por un tal Robertson, penetró en la cárcel, sacó a Porteous y lo ahorcó. Con estos acontecimientos históricos, Scott com­bina la aventura de Jeanie y Effie Deans, imaginando que el inductor de la multitud airada fue el amante de Effie Deans, en­cerrada en la cárcel de Edimburgo bajo la acusación de infanticidio, y que el asal­to a la cárcel fue en parte una estratagema para libertarla a ella, provocado por su amante, un impetuoso joven de buena fami­lia cuyo verdadero nombre era George Staunton.

Imagina que el enamorado de Jeanie Scott era Reuben Butler, el pastor obligado por la turba a dar los últimos auxilios religiosos a Porteous antes del su­plicio. Effie, que se ha negado a aprovecharse del tumulto para huir, es procesada, y como su querida hermanastra Jeanie se niega a dar el falso testimonio que provo­caría la absolución, Effie es condenada a muerte. El proceso está visto con los ojos de sus humildes actores, con un efecto de realismo patético en que Scott sobresale, po­niendo en contraste figuras cómicas y mul­titudes tumultuosas. Jeanie se dirige en­tonces a pie a Londres y, por medio del duque de Argyle, consigue poder suplicar personalmente a la reina Carolina y le arranca el perdón para la condenada. Con el favor del duque consigue también casarse con el pastor Butler; su severo padre, Douce Davie Deans, obtiene una pingüe granja en tierras del duque. Effie se casa con su enamorado y se convierte en lady Staunton. A continuación se descubre que el niño que ella, según las acusaciones, había matado, vive; fue raptado por Madge Wildfire, una loca, y entregado a los ban­doleros. En la última parte de la novela, Scott, después de haber dado la prosperidad a los desgraciados, quiere demostrar «la gran verdad de que la culpa, aunque pue­de conseguir esplendor mundano, no puede dar nunca la verdadera felicidad», y que los crímenes se purgan de un modo u otro, aunque sea indirecto. Así Sir George Staunton, en su tentativa de recuperar a su hijo, choca con los bandidos y es muer­to por su mismo hijo. La novela tiene una grandiosidad épica, aunque los aconteci­mientos se desarrollen sobre todo en la es­fera privada. Inspiró una ópera (Le prigioni di Edimburgo) a Federico Ricci (1809- 1877). [Traducción anónima (Madrid, 1831)].

M. Praz

Se leen tantas cosas triviales, que hacen perder el tiempo y de las que nada queda. Debiera en cambio leerse únicamente lo que se admira, como hice, en mi juventud y como todavía hago a menudo, con Walter Scott. (Goethe)

La mejor de sus novelas me parece ser The Heart of Midlothian, impregnada de bondad no *sólo en algunos detalles, sino en la misma fábula… Buscamos estas vetas de bondad humana y de sonriente amabi­lidad que recorren de tarde en tarde y re­frescan las novelas de Walter Scott. Todo lo demás es, u oficio o erudición; pero en eso está su modesta poesía. Y ello hace po­sible que nos separemos con simpatía de un escritor que hizo las delicias de nuestros abuelos y de nuestros padres, y que sólo por ello ya no merece un mal trato por parte de hijos y nietos. (B. Croce)