[Gli scherzi geniali]. Obra de Gianfrancesco Loredan (1607-1661), una de las más afortunadas de la literatura italiana del siglo XVII por el número de traducciones y de ediciones: 28 ediciones como mínimo, mientras que en el mismo siglo no llegaron a tres las de la Divina Comedia (v.). El autor, patricio veneciano, intentaba con ella, en 1622, su primera aventura literaria. Se trata de una serie de «instantáneas» de personalidades célebres de la antigüedad, sobre todo romana («Aquiles furibundo», «Agripina calumniada», «Caracalla amante», «Cicerón doliente», «Lucrecia violada», «Sejano en disfavor», «Séneca prudente», etc.), declamando sobre sus peripecias o perorando sobre su causa, precedidas cada una de una dedicatoria — entre humilde y desvengonzada— a algún ilustre contemporáneo. Rebosantes de erudición y de retórica académica, hoy resultan ilegibles; pero los lectores del siglo XVII encontraban en ellas motivos interesantes: la insistencia de una acerba visión dualista de la realidad, típica de su época, para la que cada personaje descubría por fin, violentamente, y con un gesto siempre igual, el rostro bajo la máscara.
Después de haber hecho ostentación, con bellas palabras llenas de dignidad, de la mejor parte de sí mismo, cada uno de ellos revela por fin sus debilidades, como un mortal cualesquiera, o como un pérfido que esconde con astucia su triste realidad. Tales son Enone («Enone celosa») que lanza amenazas de venganza contra Paris infiel, pero al fin se revela gomo una pobre mujer enamorada; Antonio («Marco Antonio elocuente»), que amenazado de muerte por los soldados de Octavio, les hace un discurso asegurando que camina sereno al encuentro del hado, pero apenas se da cuenta de que las cosas van en serio, arroja la máscara mostrándose tal cual es, aterrorizado por la muerte inminente; Caracalla («Caracalla amante») que protesta de su puro amor fraterno por Julia, como si no se tratase de un amor incestuoso, que al fin se revela groseramente con su sensualidad.
Una obra en fin, en la que el siglo XVII veía reflejada del modo más decidido su propia antigüedad; resulta extraordinario que el autor, con su «puerta abierta» al alma de sus personajes, más todavía que con las máximas esparcidas aquí y allá (y que no servían más que para desmenuzar con ingenuidad académica los principios de la corriente «razón de Estado») tratara de ofrecer una prueba de su capacidad política que le hiciera posible la entrada en el Senado a pesar de su poca edad. Pese a sus graves defectos, el libro hubiera podido ser atractivo desde el punto de vista artístico si su afición de poner al desnudo el alma de sus personajes hubiera sido siempre coherente y definida, y sobre todo si Loredan hubiese sentido el contraste entre apariencia y realidad con un vivo «pathos» moral, y no sólo con el ánimo curioso y caprichoso propio de su siglo.
B. Chiurlo

