La Vida que te Di, Luigi Pirandello

[La vita che ti diedi]. Tragedia en tres actos de Luigi Pirandello (1867-1939), representada por pri­mera vez en 1923. La inspiración y el fer­vor del primer Pirandello confieren a esta comedia una vida vehemente y rápida que más tarde le será difícil recuperar.

Doña Anna recibe a su hijo, después de siete años de ausencia, cambiado y desconocido. De pronto, aquel hijo se le muere. Después del primer trastorno, ella siente que su hijo ha quedado en ella vivo con la vida que ella le había dado durante los años de alejamiento; advierte que su muerte verda­dera había ocurrido antes, cuando volvió a su casa convertido en un extraño. Lo lleva vivo y dentro de ella, de modo que ni la muerte se lo podrá arrebatar. Cuando Lucía Maubel, la amante de su hijo, viene a bus­carlo, la madre le dice que ha partido pero que volverá; es menester, para mantenerlo en vida, que aquella mujer no sepa nada de su muerte; Lucía confiesa que está em­barazada y que es desgraciada, a pesar de los dos hijos que ha tenido de su esposo; por esto ella ha huido en busca de tran­quilidad.

Doña Anna siente más a su lado a su hijo en aquella mujer que lleva en sí la vida de él, y Lucía se va a dormir a la habitación que está esperando siempre al hijo lejano. Pero al día siguiente se entera de la verdad, y la madre siente que también para ella ha terminado toda ilu­sión; en las lágrimas y en las protestas de Lucía el hijo se aleja también de ella, presa del frío de la muerte. A veces la cir­cunstancia de una historia amorosa enar­dece a Pirandello arrastrándolo lejos de su implacable argumentación; lejos de su des­tino de ejemplificador quedan los gritos, las esperanzas, el combate de quien ya antes ha sido vencido. En una desesperada lucha de figuras descabelladas y novelescas, lo que al fin aparece como herencia indiscuti­ble son los hijos, la madre, el milagro para el que se vive. Es, a despecho de numerosas negaciones, el impulso vital de este escritor a quien se ha tomado equivocadamente por un negador. La madre se convierte en el centro de todos los rayos, el signo de un dolor vital que no se agota nunca y es la única realidad que se puede contraponer a la muerte.

G. Guerrieri