La Vida por el Zar, Michail Glinka

[Scismi sa Zárija]. Melodrama en cinco actos del ruso Michail Glinka (1804-1857), sobre libreto, en parte, del poeta Jukovski, readaptado por el compositor y estrenado en San Petersburgo en 1836. El mismo asunto había sido tratado por Catterino Cavos en 1815, en una ópera con el título de «Iván Susanin» y sobre libreto del príncipe Chakovski.

Y, en­tre las 15 óperas de asunto ruso compuestas por este maestro, llamado el Veneciano por la ciudad que le hospedó desde 1806 a 1827, ésta fue la más célebre y lograda. Michail Glinka tuvo la primera idea de volver a este popularísimo tema en el círculo inte­lectual romántico formado por Pushkin, Gogol, Odievski y el príncipe Viazemski y reunido en torno al poeta Jukovski, ayo y tutor del zarevitz Alejandro II. Es más: algunos trozos del libreto le fueron ya pro­porcionados, en el invierno de 1834-1835, por este último. Jukovski estaba demasiado ocupado; y entonces intervino como libre­tista el barón de Rozen. Pero Glinka tenía prisa y componía sobre la trama conocida antes de tener a su disposición los versos; de manera que buena parte de éstos tuvie­ron que adaptarse a la música ya hecha, con evidente desventaja para la parte lite­raria. Finalmente, Glinka refundió las es­cenas, sustituyó versos y redujo por sí mismo el libreto hasta obtener su forma definitiva.

El título, que en su primera con­cepción era el de «Iván Susanin», se con­virtió en el de «Morir por el Zar» y tomó por fin el que lleva hoy, poco antes de su estreno. Así comenzaba la historia de la ópera nacional de Rusia. Estamos en 1633. El rey Sergio de Polonia, con el pretexto de dar a Rusia un buen zar, pero en reali­dad para esclavizarla, le ha declarado la guerra. Los polacos se preparan, pues, a caer sobre Moscú, para raptar al joven zar Romanov, y se proponen pasar por el bosque del Domnino, donde vive el campesino Iván Susanin, junto con su hija Antonida y Wania, expósito de trece años. Los campe­sinos de las regiones fronterizas han adivi­nado las intenciones de los polacos; las bodas de Antonida con el valiente Sabinin son aplazadas, y todos se arman. Por esto, cuando llegan los polacos, Susanin envía a Wania a dar el aviso y, por su parte, a pesar de estar seguro de encontrar la muerte, finge aceptar todas sus peticiones.

Conocedor del bosque, los hace extraviarse por sus laberintos y logra hacerlos errar por ellos toda la noche. Hasta que apunta el alba no les grita la verdad (ahora Wania ya habrá llegado al Kremlin): la Patria está salvada, el Zar está en lugar seguro. Los polacos lo someten a tormento y lo matan; pero pronto será vengado, y por él los polacos serán fácil y tremendamente derrotados. En un epílogo triunfal, el zar y el pueblo bendicen al humilde campesino Iván Susanin y prometen guardar de él eterna memoria. La canción popular rusa con sus modos y sus ritmos específicos es la primera materia de la música de Glinka. Pero no se puede decir que canciones enteras, salvo un par, por necesidad, hayan pasado a la partitura. No ya las canciones (y aquí se impone el paralelo con el Freischütz, v., de Weber), sino sus formas, ya no esta ni aquella canción, sino los temas de ciento y de mil circulan fundidas en la partitura, mientras la orquesta (más evolu­cionada de lo que podría suponerse cinco años antes de que se publicase el tratado de Berlioz), muy inclinada a dejar emerger las distintas familias instrumentales aislada­mente y a imitar los instrumentos y con­juntos típicos (jaleikas, balalaikas, guzlas), confiere un color y un ambiente muy parti­culares a las arias y a los coros.

Arias y coros están escritos a menudo en modo eólico, en lugar de menor, en dórico, en hipodórico, en misolidio (los más comunes en el autén­tico rusismo musical) y dan a la música un carácter particular y una novedad absoluta. El público de 1836 aclamó con entusiasmo al maestro, proclamándolo «creador» de la mú­sica rusa.

E. M. Dufflocq

No sólo la música en sí de Glinka, sino también su orquestación, siguen siendo has­ta nuestros días un monumento perfecto del arte musical, por la sabiduría de su equili­brio sonoro, por la distinción y la finura de su instrumentación; en otras palabras, por la selección de los instrumentos y ma­nera de asociarlos. (Stravinski)